Es evidente que el Presidente Fernández y sus estrategas del Palacio han sido capturados por los encantos de cierto tipo de pragmatismo político.
Todo político exitoso, y más cuando está en funciones de Jefe de Estado, estará siempre imbuido de una buena dosis de pragmatismo.
Hay dos tipos esenciales de pragmatismo político.
Uno de ellos es el pragmatismo negativo, que asume que la realidad social es independiente de la acción y del pensamiento social y que frente a la misma no queda más que postrarse. Los políticos pragmáticos de ese tipo se acomodan a las urgencias del día y van desprovistos de teoría o compromiso con algún proyecto para transformar la realidad. Ese tipo de pragmatismo es el más común entre nuestros políticos: en el gobierno y en la oposición.
Existe también el pragmatismo positivo, caracterizado según sus defensores- por la apertura a las nuevas ideas y sus resultados prácticos, libre de cerrazón ideológica.
Pragmatismo positivo desplego Felipe González a su paso por la presidencia de España luego de más de 40 años de dictadura y división en ese país.
Pragmatismo positivo ha sido el de Lula da Silva en Brasil, aplicando políticas sociales que se conjugan con un vigoroso ritmo de crecimiento y expansión de la economía. Y pragmáticos han sido los líderes de la Concertación Democrática de Chile, para llevar hacia adelante la transición democrática post Pinochet sin abandonar principios, pero sin excesos de ningún color. Barack Obama ha demostrado ser otro gran pragmático.
Leonel Fernández es el último gran pragmático de la política dominicana. Esas habilidades las exhibió en 1996, cuando pactó con Balaguer en una audaz y certera pirueta electoral que dejó semi-paralizados y confusos a intelectuales de su generación.
Pero, en la ruta del pragmatismo el Presidente se desfigura y sus acciones de poder han hecho tal borradura de sus orígenes ideológicos y éticos que de aquel Leonel queda ya muy poco Fernández.
Además, y es lo lamentable, el pragmatismo del doctor Fernández ha resultado estéril. Ha hecho grandes alianzas electorales, pero no han servido para transformar nada sustancial. No ha servido para reconvertir el vergonzante sistema de educación, ni la ineficacia patética del sistema de salud pública; ni para resolver la crisis del servicio eléctrico; ese pragmatismo ha dejado intacto la dinámica estructural de la injusta distribución de ingresos y de generación de pobreza y, ese pragmatismo ha potenciado la desinstitucionalización y la corrupción en la gestión del Estado.
En fin, durante el reinado de Leonel-PLD, el pragmatismo ha rebosado la percepción entre los dominicanos de que la política y los políticos, todos juntos, no son más que un costosísimo colectivo de aprovechados y mentirosos.
Entonces, ¿Para qué le ha servido a la sociedad el pragmatismo exitoso de Fernández y sus estrategas del Palacio? Para nada. Es un pragmatismo hacedor de nuevos ricos, pero, en términos de los problemas de la gente, ha sido estéril

