Opinión

PRD

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Las razones que impulsaron a Juan Bosch a abandonar al PRD, son motivo de controversias. Los argumentos ideológicos esgrimidos contrastan con el tipo de liderazgo que  ejercía, a partir del cual, resultaba relativamente fácil hacer transitar la organización por los senderos de sus convicciones. Siendo así, ¿por qué no manipular las cosas desde el interior del partido para que tomara las características que él prefería y no someterse al rigor de la formación de una nueva estructura?

En la historia política de Don Juan abundan los episodios que evidencian que en ellos primaron sus peculiaridades personales, de manera especial la dificultad de conciliar su recia formación intelectual con la naturaleza usualmente  superficial de un ejercicio político al estilo dominicano. Ese contexto podría explicar que importantes dificultades para imponer sus directrices particulares dentro del desorden mayor que se expresaba en el PRD, estuvieron en el epicentro de una decisión que en términos de las conveniencias nacionales no produjo los resultados esperados.

La salida de su líder histórico estremeció al PRD, pero jamás puso en riesgo su continuidad como fuerza política trascendente. En adición, la convergencia de intereses criollos y foráneos, más que lamentar, parecían celebrar la exclusión de una figura que no armonizaba en los planes de corto, mediano y largo plazos que tenían reservados para una entidad que pretendían, como al efecto lograron, colocar a su disposición.

El caso es que la proclamada radicalización del pensamiento boschista, con la consiguiente estigmatización que se hizo de la democracia, más los matices asignados al estamento partidario que fundó, legaron al PRD la exclusividad de la representación del segmento liberal de la nación. El sector conservador continuó liderado por el balaguerismo y el inaugurado PLD engrosó las filas de las llamadas organizaciones de izquierda, con bastantes reservas de los socios de número de esa parcela sociopolítica.

Esa representación del núcleo social liberal, en ese momento se sustentaba  en un romanticismo de origen que devenía de una atribución gratuita de su potencialidad para instaurar un gobierno de avanzada, como una derivación de su precedente antitrujillista. En términos de asumir posiciones frente a las políticas públicas –lo cual, es distinto al enfrentamiento acérrimo con Joaquín Balaguer-, el PRD no disponía de pruebas irrebatibles de que actuaría condignamente al momento de probar en los hechos la legitimidad de ese estandarte liberal. La realidad, con su tozudez, confirmaría que el PRD no era merecedor de tales concesiones.

El Nacional

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