Vivimos una sociedad vulnerable. La cobertura de los medios juega un papel importante en determinar la reputación de una persona o una institución. La cambiante mezcla de opinión, a veces, hace pedazos cualquier reputación. Así, por esa vulnerabilidad, los rumores circulan de diversas maneras.
Corren como un sistema pluvial: existe una fuente de origen y a partir de allí una corriente principal de la que surgen afluentes en distintas direcciones. Las noticias transformadas en rumores son fáciles de detectar, sólo hay que observar, cómo han sido distorsionadas y modificadas en tránsito por los diferentes niveles de dirección.
Es obvio que los rumores significan un auténtico rol en las técnicas de algunos gobiernos, al hacer transcender malas noticias antes de anunciarlas oficialmente, con el propósito de volver menos doloroso y sorprendente el anuncio real. Las buenas noticias, sin embargo, se guardan en secreto hasta el último momento.
¿Qué hacer con los rumores? Cuando alguien comenta sobre rumores, si se trata de informaciones útiles, conviene archivarlas en la mente para usarlas con posterioridad; pero si éstas nos afectan directamente, lo mejor seria adoptar una postura noble, serena, agradable y constructiva. Pues, la ira, la acción inmediata y el despliegue de emociones son, invariablemente, fatales.
El rumor difiere de las aguas de un río, porque fluye en ambos sentidos. Quien transmite chismes, también los acepta, y se supone que todo aquel que recibe informaciones devuelve el favor. Hay que sopesar a las personas, unas de otras.
Es preciso registrar minuciosamente el grado del conflicto que nos puede sumergir en un estado de conjeturas insoportables, sólo por interés personal. Creo que la resistencia a las murmuraciones es la barrera que impide involucrarnos en situaciones desagradables.
Conviene advertir el daño que ocasionan los rumores y discernir entre la verdad y la mentira.

