Corrupción
La expectativa del experimento económico de la última década ha generado un descontento de agudas insatisfacciones y frustraciones.
Los sueños económicos se han transformado en angustias e incertidumbres cuyas cifras contrastan con severidad esa tendencia de ilusión.
La crisis es tan sombría y brutal por los índices sin precedentes de la pobreza, dentro de un panorama dramático, que prácticamente nos acorrala.
Hace unos años, Mathew y Hakim describieron esta situación en en cuatro aspectos: Crecimiento lento e irregular, pobreza persistente, injusticia social e inseguridad personal. Otros, vaticinaron un futuro de progreso continuado con grandes logros. Este último pronóstico no tiene nada que ver con la realidad actual.
Sólo es comprobable el impacto de una profunda conmoción, en un país con riquezas tan importantes que podrían ayudar para un crecimiento sustentable y pujante. Aquí, la contradicción ética y moral es muy amplia. Personas corruptas que se enriquecen y multinacionales de rostro desconocido. Cierto, hay desigualdad, lo dicen las voces de todos los sectores, sufrimientos existenciales muy fuertes.
No obstante, la gente busca sobrevivir, aunque baje sus pretensiones de remuneración. Tras la brecha de un mercado que intenta el equilibrio: Oferta y demanda. Alternativa que disgusta. También, disgusta más cuando la comunidad percibe corrupción. Ahí se produce un enorme efecto de frustración, que fomenta graves consecuencias, cuyo impacto es devastador.
Hoy, la ciudadanía clama contra ella. Exige un Estado ético, eficiente, descentralizado, transparente, participativo y articulado por la moral. Cuanto más altos son los niveles de iniquidad, mayor es la corrupción y mayores las posibilidades de impunidad.

