Opinión

PRECISAMENTE

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El servicio

Somos auténticamente humanos cuando extendemos la mano para ayudar a alguien. El servicio se da, no es un gesto elaborado, sino, de la respuesta intuitiva de un corazón abierto.

En lo más profundo de nuestro interior tenemos la seguridad de que la capacidad de servir  puede surgir de la confianza en nosotros mismos y en los demás. En una sociedad las responsabilidades del servir se comparten entre los miembros de una comunidad, y salir de la norma, no debe constituir un acontecimiento extraordinario.

A veces necesitamos recordar hasta qué punto es importante que participemos en el bienestar y desarrollo de otros. Resulta muy fácil cruzarse de brazos y preguntarse: ¿Qué puedo hacer yo? O manifestar la conocida declaración: “lo siento, no tengo tiempo”. Esta expresión de escape, sustentada en excusa, se puede convertir en un modo de vida para muchos.

Aunque en ocasiones el servicio brota naturalmente, muchas otras, brilla por su ausencia. Queremos ayudar, pero lo hacemos en forma antinatural: prefabricada, acartonada, fría.

¿Cuánto estamos dispuestos a dar y qué es lo que esperamos recibir? ¿Qué lugar ocupa el servicio en nuestras vidas?

No es necesario profundizar para descubrir nuestra ambivalencia; el vaivén entre la generosidad y la resistencia a dar; entre el sacrificio y la auto-protección.

Cualquier duda o sospecha se disipa con este axioma: Servir es servirnos.

Todo parece apropiado y natural. Vivimos, luego servimos. Cuando se comparten estos sentimientos, la acción surge espontáneamente. Si nos detenemos a reflexionar por qué nos sentimos bien, nos daremos cuenta de que un proceso más profundo estaba en juego. Al expresar nuestra generosidad innata, pudimos relacionarnos con los demás, experimentar el “parentesco”, la benevolencia derivada de pertenecer a una misma especie.

El Nacional

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