La vida humana es abierta y argumental. Es incompleta, provisional, sujeta a imprevistos, por eso tiene fondo dramático, siempre necesita una dirección sustancial constructiva, un porqué, una razón de ser. Sólo así se descubre la grandeza o pobreza de cada persona.
Somos espectadores y testigos de excepción de vidas grandes y de vidas vacías, huecas. Igual, asumimos el rol de protagonistas. Cada uno de nosotros es capaz de lo mejor y de lo peor, pero entre estos dos puntos extremos cabe un espectro intermedio de posibilidades.
Toda forma de proceder tiene una causa. Bajo la superficie hay fuerzas que ejercen presión, factores que contribuyen a variar el orden normal de las cosas que nos hacen cuestionar sobre los enigmas que nos tiene reservada la vida diaria.
Cuando se escoge un determinado tipo de conducta, también se escoge el resultado final de la misma. El elemento capaz de ayudarnos a superar todos los obstáculos es la actitud personal. Esta puede ser positiva, lo mismo cuando la vida sonríe que cuando parece adversa.
Si rompemos la barrera que impide el reconocimiento de la relación causa-efecto, desentrañaríamos el misterio de esta situación, y esa fuerza que parece ser nuestra enemiga se convierte en aliada. Esta singular manera de vivir consiste en la capacidad de prevención o precaución que observamos con los demás.
La resistencia afecta cualquier libre corriente. No se necesita un esfuerzo fuera de lo común. Si usted quiere libertad individual, deje que el otro la tenga también.
Aunque ésta tiene tan variadas formas como las personas que aspiran a ella. EI esfuerzo para lograrla es lo que estimula a superarnos y a vencer las dificultades, permitiéndonos resultados satisfactorios.
De este modo, cada ser es único y tal condición debe expresarse. Pero, tengamos en cuenta esto al comprender el uno en los muchos y los muchos en el uno.

