Lo que aquí escribo, no se adscribe a una obediencia religiosa determinada. Tiene el sentido de unas necesidades íntimas de carácter espiritual. Es como referirse a la nota que constituye la justificación de la sinfonía completa.
Pude descifrar con asombrosa claridad que quien cultiva la vida espiritual vive más intensamente cada sensación, cada contacto, cada experiencia, cada relación interpersonal; transciende su dimensión física y vive de un modo cualitativamente distinto, como un ser humano que invoca a las fuerzas invisibles para que éstas se manifiesten en el universo visible.
Y así, adquiere su verdadera perspectiva ante los retos del mundo que vivimos ahora.
Alguien me hizo una oración como regalo de cumpleaños y con gusto la comparto:
¡Oh Dios!, Cuando presto atención a las voces de los animales,
al ruido de los árboles, al murmullo de las aguas,
al gorjeo de los pájaros, al sonido del viento
y al estruendo del trueno.
Percibo en ellos un testimonio de tu unidad;
siento que eres el supremo poder, la omnisciencia,
la suprema sabiduría, la suprema justicia.
¡Oh Dios! Te reconozco en las pruebas que estoy pasando,
Permite, ¡oh Dios! que tu satisfacción sea mi satisfacción.
Que yo sea tu alegría, esa alegría que un padre siente por un hijo
y que me acuerde de ti, con tranquilidad y determinación,
Aun cuando pueda decir que te amo.

