Gran desafío
Hay sociedades que educan para el mal y las hay que educan para el bien. Romper la estructura del mal empieza por el reconocimiento de la causa que lo produce y, como debe ocurrir, se necesita atacar las causas que lo origina.
El mal de una sociedad no es una experiencia simple, sino el balance de hechos, que implica al todo o una parte de la que la rodea, como si fuera una célula de un organismo, donde predomina un aspecto muy influyente; es el conjunto de creencias que tenemos acerca del mundo, la gente, la sociedad en sí, transmitidas a través de la educación. Sin embargo, las creencias se pueden cambiar y el mal se puede curar. El mal se basa en la idea que una sociedad tiene de sí misma y de su capacidad para enfrentar los conflictos. Por eso es tan importante el tipo de educación que, en muchos casos, segrega más impotencia que capacidad para el desarrollo de potencialidades. Sólo basta observar con detenimiento la conducta de nuestros dirigentes, y ahí tenemos la muestra.
En el peor de los casos cabe preguntarse: ¿Se puede convivir con los males que genera la política? Una cosa es la situación real que ésta registra como ciencia y otros son los deseos, proyectos y esperanzas que se le desvanecen a la gente.
Esa desconfianza se manifiesta como una terrible amenaza de que vamos a perderla o que no la vamos a conseguir. Tampoco se puede salir a la calle con la apariencia de aquí no pasa nada. Porque el malestar y la rabia acumuladas por los engaños y la hipocresía pueden ser desencadenantes de situaciones catastróficas que, pasadas al lenguaje de la patología, se traducen en angustias y desencantos. Parece que ambas alteraciones alargan hoy las colas en las consultas de los profesionales de la psicología. El desconcierto va en aumento, y es característico de la época en que vivimos. El miedo al contacto de la masa. Sí, el miedo a la multitud. La masa se ve como algo insolidario.
Se vive en una sociedad masificada y, aunque la relación de persona a persona se da cada vez menos, la misma privacidad se ha desarrollado a costa de falta de relación personal adecuada, el gran desafío consiste en confrontar la moral putrefacta de la sociedad, en atribuir falsamente a factores de una política basada en pantalla que tapa crisis profundas.
Yendo un poco más allá de ese gran peligro, aquí todavía esas cosas se toman con sentido del humor. En algunos medios de comunicación, cosas graves se toman con poca seriedad.
El pueblo dominicano tiene la valentía de reconocer y transformar el mal. Lo narra su historia. Su heroicidad de aniquilar el ego de quienes se han equivocado, y capacidad de cambiar el mal por el bien cuando más atosigado se encuentra.
Todos sufrimos delirio de grandeza, de omnipotencia. A mí me parece que lo que adolecemos es pequeñez, y lo hacemos en el palco social de la megalomanía, como verdaderos enanos, ignorando juicios dentro de las reglas elementales del buen comportamiento. Afrontemos ese gran desafío.
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