El premio Nobel de la Paz fue concedido hoy al presidente Barack Obama, sin que el galardonado haya logrado algún objetivo determinante en favor de la paz mundial, aunque, como consigna el jurado, ha creado un nuevo clima en la política internacional.
La adjudicación de este Nobel a Obama, primer inquilino negro de la Casa Blanca, genera controversias en todo el mundo, porque el Gobierno estadounidense no ha puesto fin ni señalado término a las intervenciones militares en Irak y Afganistán. Washington ha hecho poco para ayudar a restaurar la democracia en Honduras, crear el Estado Palestino o eliminar el inhumano bloqueo comercial impuesto hace casi 50 años contra Cuba.
A favor de Obama obra el cambio radical de la política exterior de Estados Unidos, matizada por un nuevo tipo de relación con el mundo musulmán y con Rusia, lo que ha permitido alejar el fantasma de la guerra de civilizaciones y descorrer la desgastada cortina de hierro.
A contrapelo de los halcones del Pentágono, Obama desistió del proyecto guerrerista que significaba levantar una sombrilla antinuclear en Europa y ha propiciado un ambicioso programa de desarme y de uso del diálogo multilateral como disuasivo para que Irán y Corea paralicen sus laboratorios de procesamiento de uranio.
Contrario al gobierno de George Bush, que degradó a las Naciones Unidas y privilegió los proyectos guerreristas, el presidente Obama ha devuelto a la ONU su antigua capacidad de mediación e intervención ante conflictos bilaterales o regionales, por lo que el mundo ha vuelto a ser más dialogante y menos conflictivo, sin olvidar los escenarios de intervención, guerra y terrorismo que no han podido conjurarse.
Posiblemente, Oslo haya otorgado ese Nobel como abono a la semilla del futuro árbol del entendimiento que ha de cobijar el escenario de paz duradera que anhela la humanidad.
Sin menoscabo de la polvareda de objeciones, Barack Obama es merecedor de ese premio, no por lo que ha hecho, sino por lo que está haciendo en favor de la paz.
