¿Marcha la economía mundial hacia una superación de la crisis financiera y de su impacto en la esfera de la producción? ¿Es tiempo ya de abandonar el mecanismo del gasto público como palanca para estimular la marcha de la economía interna?
Las turbulencias monetario-financieras se manifestaron durante el período 2007-2008. Los bancos norteamericanos quedaron atrapados en niveles insostenibles de incumplimiento de deudas por parte de millones de deudores de hipotecas subprime (que no podían ser pagadas por falta de dinero).
En septiembre del 2008 sobrevino la quiebra de Lehman Brothers. Estados Unidos se transformó en un territorio económico inseguro para los inversores internacionales. La desconfianza y el nerviosismo se apoderaron de Wall Street (centro financiero por excelencia de la economía global). Lo demás es historia conocida
Para febrero del 2009 y ante el impacto de la crisis financiera sobre la economía real -que se manifiesta a través de la generación de bienes y servicios, así como en los niveles de empleo- Estados Unidos puso en marcha paquetes de rescate del sistema bancario y de estímulo económico por la vía del gasto.
Las operaciones de rescate financiero (que comprendían las compras de los denominados activos tóxicos, que no son más que deudas incobrables) se hicieron acompañar de dinero para nuevas inversiones públicas y para estimular la demanda interna. Más de 1,3 billones de dólares iniciaron su recorrido por el torrente financiero.
Más de 4 millones 600 estadounidenses se habían quedado sin empleos. Todavía, en pleno 2010, persiste una tasa de desempleo por encima del 9,5 por ciento.
Téngase en cuenta que esa política de rescate bancario (salvataje) y de la aplicación de paquetes de estímulo ejecutado por la Administración Obama para suplir la carencia de inversiones privadas en la economía interna también fue asimilado por los bancos centrales y los ministerios de finanzas de Europa y Asía.
La sombra del economista británico John Maynard Keynes (1883-1946) reapareció, cual ave fénix, de entre los escombros del sacrosanto criterio neoliberal que hace recordar a Milton Freedman (1912-2006), quien siempre hizo oposición a todo lo que olía a intervención del Estado en las determinaciones económicas.
Fueron los fundamentalistas del mercado (que postulan el achicamiento y la automarginación del Estado) los que convocaron al espíritu de Keynes. Ellos subieron presurosos las escalinatas de la Casa Blanca y del Congreso de EE.UU. para que el gobierno acudiera en auxilio de Wall Street y de los bancos quebrados o por quebrar.
Alan Greenspan, quien fuera presidente del Sistema de la Reserva Federal (FED/Banco Central) durante el periodo 1987-2006 y que tuvo mucha culpa con la gestación de la crisis inmobiliaria en Estados Unidos, también encendió velas al espíritu del estímulo del gasto público encarnado en el pensamiento keynesiano. Robert Skidelsky, economista británico, sostiene en su obra El regreso de Keynes (2009) que los fundamentos del pensamiento económico neoclásico o neoliberal han quedado profundamente agrietados durante la actual crisis mundial.
Y tiene razón. ¿Cómo negar que en el contexto de la economía mundial ya se ha inaugurado una era de mayor incidencia del Estado en las regulaciones económicas?

