G-20: ¿PARAÍSO PERDIDO?
Acaba de concluir una nueva cumbre de los países integrantes del llamado Grupo de los Veinte (G-20), el cual está integrado por las principales economías del globo terráqueo, las cuales concentran alrededor de las dos terceras partes del Producto Interno Bruto (PBI) mundial, el cual se calcula en unos 65 billones de dólares.
¿Se podría afirmar que esa cumbre del G-20 marca el reconocimiento de la necesidad de reformular el actual orden económico mundial, como forma efectiva para enfrentar futuras turbulencias monetario-financieras y el deterioro de las relaciones productivas y comerciales?
Efectivamente, concluida la cumbre efectuada en Pittsburgh, Estados Unidos, se dice que los representantes de las economías que conforman el G-20 tienen a partir de ahora el reto de concretizar lo que acaban de acordar: crear nuevas reglas del juego en las relaciones económicas internacionales.
Así lo sugieren cables noticiosos procedentes de EE.UU, Pero ante semejante reto sólo atinan a informar que las economías desarrolladas tienen la dificultad de no contar con detalles precisos ni capacidad de presión de unos sobre los otros. ¿Y entonces?
Es cierto que se hicieron compromisos teóricos sobre el establecimiento de un tipo de impuesto a operaciones financieras mundiales, la cual hace recordar la conocida tasa Tobin, cuyo autor obtuvo en Premio Nobel de Economía 1981.
En 1971 el economista norteamericano James Tobin (1918-2002) planteó la necesidad de establecer un impuesto sobre el movimiento internacional de capitales para financiar el sistema internacional de pagos y prestar ayuda a los países subdesarrollados en situación de dificultades financieras.
No ha quedado claro los instrumentos que se aplicarían para hacer efectivo la implementación de esa medidas impositivas ni sobre cuáles sujetos o actores financieros recaerían.
Ahora bien, prevaleciendo las mismas reglas del juego en los organismos crediticios multilaterales (Fondo Monetario Internacional/FMI, Banco Mundial/BM y Organización Mundial del Comercio/OMC) no hay razones como para dar por seguro la aplicación de medidas económicas que favorezcan al mundo subdesarrollado.
Una cosa sí es cierta: cunde la preocupación entre las principales economías industrializadas ante la posibilidad real de que se produzcan nuevos estallidos de burbujas financieras que pongan en jaque la capacidad crediticia internacional.
A todo lo dicho se debe agregar que al parecer el FMI pasará a desempeñar un papel como instancia ejecutiva del G-20 en materia de supervisión monetario-financiera mundial, lo que alejaría a ese organismo crediticio de su demandada democratización.
Pero si de algo ha servido la recién concluida cumple del G-20 celebrada en territorio de Estados Unidos (epicentro de la profunda, compleja y aleccionadora crisis económica que todavía agobia al mundo) ha sido para que los gobernantes de los países ricos se miren a los ojos y vean en el fondo de ellos una luz de impostergables cambios.

