Las negociaciones comerciales multilaterales que por una década se han venido efectuando en el marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC) se encuentran estancadas en medio de una economía europea signada por la recesión, una China que está frenando la demanda externa de materias primas y una Administración Obama pendiente, más que nada, de sus aspiraciones reeleccionistas en noviembre de este año.
Los aires proteccionistas soplan por los predios de la economía mundial adoptando la forma de barreras no arancelarias, especialmente la implementación de obstáculos técnicos al comercio, tales como exigencias de requisitos burocráticos, rígidas medidas sanitarias y fitosanitarias, sumado a cuantas trabas se puedan imaginar.
La historia económica mundial recoge, de manera recurrente, un hecho: durante el advenimiento de las crisis el fantasma del proteccionismo se hace presente dentro del escenario catastrófico de las turbulencias financieras y las confrontaciones monetarias entre las grandes potencias. La Gran Depresión de 1929 alimentó la guerra comercial.
Ante la caída de la demanda interna los países desarrollados tratan de recomponer sus estructuras bancarias para garantizar el acceso al crédito de consumo, en tanto que las economías subdesarrolladas tocan todas las puertas disponibles para concertar préstamos internacionales (públicos o privados) para dinamizar la economía.
Esa ola proteccionista ya está tocando las costas latinoamericanas y caribeñas. Lo preocupante del caso es que algunos país sudamericanos (Argentina y Brasil, por ejemplo) afilan cuchillos proteccionistas contra sus propios hermanos. Y eso duele, duele, duele Con semejantes prácticas se frenan los aprestos integracionistas.
Las negociaciones de la Ronda Doha de la OMC, que pretenden reducir o anular los derechos aduaneros de miles de productos y aspiran a limitar considerablemente las subvenciones a la agricultura, se iniciaron en 2001 en la capital de Qatar, pequeño país del Golfo Pérsico.
Se recordará que en un primer momento la Ronda Doha debió concluir el 1 de enero de 2005, fecha en la cual los países desarrollados debieron aprobar la liberalización del comercio de bienes y servicios, especialmente los productos del agro, pero la Unión Europea (UE) y Estados Unidos, entre otros, no renunciaron al otorgamiento de subsidios a sus productores. El fracaso fue rotundo.
Y ocurre que durante los últimos cinco años los problemas estructurales de la economía mundial capitalista salieron a flote al interior de los países industrializados, poniéndose en evidencia durante los agonizantes años de la Gran Recesión (2008-2009). En la Conferencia Ministerial de Hong Kong (2005) se proyectaba el año 2013 como punto final de los subsidios a las exportaciones, ya nadie niega que semejante meta esté dentro de las fechas que el viento se llevará.
Al decir de Pascal Lamy, director general de la OMC, la era de grandes negocios ha terminado y ahora lo más importante es el comercio multilateral, pero tanta belleza no es verdad, pues es indudable que las empresas siguen siendo los agentes más dinámicos de las relaciones económicas internacionales.
Lo cierto es que no existe voluntad política en el mundo desarrollado para ponen un punto final a la Ronda Doha que conlleve un adiós al otorgamiento de subsidios y a las renovadas prácticas proteccionistas.

