Opinión

Presidente triste

Presidente triste

       El poder político, económico y militar, en un jefe de Estado, suele crear sentimientos de grandeza. Los elogios, lisonjas y cobas que recibe a diario alimentan esos sentimientos. No delibera ni discute, solo da órdenes e instrucciones y las respuestas suelen ser: ¡Si señor! ¡Procederé de inmediato mi jefe! ¡Cuente con eso, excelencia!

          Se acostumbran a esos poderes y a supuestos incondicionales, pero al llegar el período de transición, sienten tristeza. La depresión en los presidentes salientes es una patología estudiada.

          Los únicos que no se deprimen son aquellos que asumen los poderes como circunstanciales. Y los usan para servir a sus conciudadanos. Que asumen el cargo como un sacrificio a su familia y a su propia vida privada. Y que saben discernir la adulonería de las palabras sinceras.

          Estamos en un país en el que a un jefe policial se le llueven adjetivos inherentes a sus “grandes virtudes”, pese a que en la práctica casi todos hacen lo mismo. Pero inmediatamente lo destituyen, nadie lo menciona y el nuevo jefe pasa a ser el oficial  de buena familia, honesto, de carrera, disciplinado. Y hasta se inventan que lo vieron crecer.

          Es una práctica habitual en comunicadores que viven de eso. Y si ese fenómeno se da con un simple jefe policial, ¿qué palabras no dirían, en público y en privado, a un presidente de la República? Lo penoso es que se lo crean y piensen que son dioses, seres superiores.

          Ahora se rumora que Leonel Fernández está triste, pero él mismo se encargó de estimular el “culto a la personalidad”, se aumentó las atribuciones constitucionales y se apoderó de todos los poderes del Estado. Tendría que acostumbrarse al rol que asumiría a partir del 16 de agosto. “El que no se adapta perece”, dijo Séneca.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación