Préstamos como el de los 112.6 millones de dólares sometido por el Gobierno para la construcción del acueducto de Baní nada tendrían de cuestiobale de no ser por el desenfrenado endeudamiento que presiona las finanzas públicas. Se habla de que en los últimos seis años el Gobierno prácticamente ha duplicado la deuda pública, que en la actualidad supera los 20 mil millones de dólares. Para colmo, muchos de los préstamos no se han contratado en las mejores condiciones. Cierto es que una obra de la envergadura del acueducto de Baní es difícil construirla con fondos propios, pero inquieta que hasta para asuntos más simples se tenga que recurrir a financiamientos externo o interno. El Gobierno, por más que defienda hoy una política que cuestionaba cuando era oposición, tendrá que reflexionar sobre el problema de la deuda. Se trata de compromisos que se tienen que honrar, pues a la hora de cobrar su dinero los prestatarios no aceptan excusas ni teorías. Los préstamos no pueden ser el único mecanismo para afrontar las crecientes necesidades sociales.

