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Ejercer la comunicación política para formar una corriente de opinión pública favorable, no es escribir una carta de amor o una lluvia de metáforas inservibles, requiere de conocimientos científicos, de profesionales que manejen el don de la palabra con un pleno conocimiento del concepto de poder, que, con tanta brillantez, manejó Michel Foucault.
La historia nos presenta casos innegables de cuán poderoso podría ser el impacto social de una comunicación política ejercida con genialidad. Cuando el insigne novelista ecuatoriano, Juan Montalvo, se enteró que su archienemigo, el presidente Gabriel García Moreno, había sido asesinado, sólo atinó a decir: ‘’ Mi pluma lo mató’’. Cuando a Laureano Vallenilla Lanz se le ocurrió decir: ‘’ que después de Dios, sólo Simón Bolívar, había creado algo de la nada’’, sacudió la conciencia latinoamericana.
Todos aceptamos como un axioma que ‘’el poder tenía el poder de imponer su verdad’’, pero Nietzsche lo complicó todo, al aseverar que no existen los hechos, sino las interpretaciones de éstos. Los genios de la comunicación no se percataron de que miles de millones de ciudadanos del mundo iban a manejar un celular, haciendo del planeta una aldea global. Ya no se trata de repetir mucho un mensaje para imponer la verdad, hay que saber lo que se dice, quién lo dice, en que canal lo dice, y el efecto que busca, así lo estableció Harold Lasswell.
Conocedores del tema, coinciden en que el presidente Abinader, a pesar de mantener altos niveles de popularidad, necesita urgentemente un equipo trascendente que maneje una estrategia comunicacional.
Este país ha carecido de un proyecto de nación. La consigna siempre ha sido: abajo el que suba y, por lo tanto, se juega al desprestigio de quien gobierna. La percepción siempre se impondrá a la realidad, a menos que no se desmonte genialmente las estrategias de los adversarios.
El PRM está perdiendo la guerra de la percepción, aún y teniendo suficientes herramientas para destacar el trabajo del presidente, sobre todo, en materia de moralidad pública.
Por: Ramón Rodríguez
centrodeidiomaswashington@gm

