Son dos mundos que no se tocan: el que se reúne en la Sociedad Cultural Renovación, y el de la calle Tamarindo, y, sin embargo, solo cuando la renovación espiritual llegue al Tamarindo, la primera rescatará los viejos valores de la educación cívica y moral, pervertidos por la extrema pobreza, y el tamarindo será el nombre de una exótica fruta con la cual endulzar los dolores del alma.
Ignoraba que la prostitución se mercadea ahora como en los bares norteamericanos, muy distante de la forma en que Herminia y otros prostíbulos se manejaban, cuando Colombo me dio mi primer tour por la zona roja, para ver como lográbamos introducir la prevención contra las enfermedades de transmisión sexual, en los prostíbulos. Después de mucho andar descubrimos que donde se podía hablar con las muchachas era en los salones de belleza circundantes, y allá montó de manera efectiva Profamilia, sus primeras campañas.
Lo que vi, en el barrio El Tamarindo, mientras la Campaña de Valores hacía su entrada triunfal a los empobrecidos barrios, con gran fanfarria de yipetas, ruidos y banderolas, me dejó estupefacta.
En los dos primeros bares que visitamos, las muchachas estaban de pie detrás de una barra, y los jóvenes y viejos sentados enfrente, iban poniéndoles papeletas, como en un altar, significando su compra simbólica. Eran casi todas mulatas, con largas cabelleras de pelo desrizado. ¿Qué haces aquí, le pregunté a una con pinta de evangélica, largas mangas, larga falda, sin maquillaje? Y qué hace usted aquí, le pregunté a una mujer que afuera del bar andaba acompañada de dos niñas, entre 14 y 15 años, extravagantemente maquilladas. Soy su mamá, dijo. Y qué hace, respondí, ¿las está comerciando?
Quería hablarles decirles que podían y debían votar, pero no había manera de hacer bajar la música (usted actúa como un general, me dijo uno de los matones a cargo, pero el dueño de esto es un general de verdad, me advirtió). Por favor, permítame hablar con él, le respondí, y fue a buscar la Celestina, una mujer chiquita y fuerte, que me informó que el coronel Payano, además de dueño del negocio era el encargado de la Dirección Nacional de Drogas de Puerto Plata, y que no, que no quería hablar conmigo.
Me devolví, pensando en el poema del inglés Thomas Hardy, The Ruined Maid, La Muchacha Arruinada, donde una prostituta responde a la admiración que causan sus vestidos, y su aparente prosperidad, en una pobre muchacha campesina: Sí, así es como nos vestimos cuando estamos arruinadas.
Concluí entonces que el primer valor familiar debería ser que ningún/a joven se muera de hambre, que todo/as pudieran tener acceso a un empleo, lo demás es paja, o un acto de contrición, añadió un cínico.

