De los consejos, recomendaciones y recriminaciones del papa Benedicto XVI al Gobierno dominicano se estará hablando durante mucho rato y, sobre todo, en tiempos de campañas electorales.
Se usará para censurar al Gobierno, pero pocos se atreverán a decir que, en su condición de Jefe de Estado, lo que dijo el Sumo Pontífice podría interpretarse como una intromisión en asuntos de otro Estado.
Porque Benedicto XVI no dijo lo que dijo desde un púlpito, sino en el acto de entrega de las cartas credenciales que hacía el embajador Víctor Grimaldi, quien no podía cambiar el texto de lo que iba a leer momentos después del vendaval pontificio. O sea, en un acto protocolar que tiene mucho que ver con la política.
Imagínese usted si un Obama, un Bush o cualquier otro hubiera soltado sólo la mitad de lo que soltó el Papa, como estuviera el acomodado patriotismo de tantos compatriotas. Pero no, el puerco no se rasca en javilla, como aprendí en mis tiempo de muchacho.
Ahora bien, el Papa nada nuevo dijo y, de hecho, hace largo tiempo que se está hablando en el Gobierno y fuera de él sobre la corrupción que todos sabemos campea en estratos oficiales y privados, así como de la necesidad de combatirla.
De manera que es muy posible que el Sumo Pontífice no estuviera repitiendo algo que recién le habían informado, sino una cosa que ya era conocida tanto por él como por sus predecesores.
Además, y esto puede servir de consuelo, todavía la corrupción dominicana no llega a los niveles que padecen otros pueblos del mundo, como por ejemplo la causante de la crisis económica que tiene su origen en Estados Unidos, que pasa por Europa y que llega hasta el último rincón. Eso sí es corrupción de verdad.
De manera que no hay por qué sentirse ofendidos por el Papa, ni ponerse a buscar culpables de los informes que pudo haber recibido. Lo que se debe de hacer es preguntar si tiene o no razón, o si se ha hecho eco de alguna calumnia, ensotanada o no.
No es cuestión de opinar que el Papa debió de haber dicho esto o lo otro, o que los informantes son estos o aquellos. Dijo la verdad, tal vez en un momento poco adecuado, y eso es todo.
Admítase que esto es así y reanudemos el camino hasta lograr exterminar la corrupción, si es que el camino ha sido abierto. En caso contrario, ese sería el nuevo y grave problema.
De todas maneras, es conveniente desde el punto de vista del Gobierno-tender un puente de avenencia con el Vaticano, si es necesario, porque pelearse podría resultar suicida.
Trujillo no hizo caso a los consejos de Perón en ese mismo sentido, y todos sabemos lo que le sucedió al poco tiempo.
Desde Palacio, con discresión, podía salir la orden a su entorno para cerrar el pico.
Sobre todo para no ponerse uno a defender lo indefendible.

