Baloncesto con malas cabezas
SANTIAGO. La muerte de la aficionada Kenny Confesora García Luzón, de 21 años, víctima inocente de la falta de autoridad que como viento sembraron hace meses directivos del torneo de baloncesto superior de Santiago, es la cosecha de tempestades estimuladas por la irresponsabilidad y desorden, que ahora se lamenta pero es muy tarde porque el mal está hecho.
El deceso de la joven luego de ser herida por un miembro de la seguridad privada de la actividad, que es sargento policial, al término del cuarto partido de la serie final en la Arena del Cibao Oscar Gobaira, no debió ocurrir nunca, pero era previsible, algo azaroso, hoy irreversible.
Esta desgracia fue la crónica de una muerte anunciada, porque el deterioro de la seguridad unido a falta de autoridad e irresponsabilidad de los rectores del torneo, anticipaban que el descontrol llegaría a situaciones luctuosas porque los problemas iniciaban en la cúspide, con los propios jefes de clubes como protagonistas o propiciadores de los desórdenes previos.
Aquellos polvos trajeron estos lodos, sentencia de la sabiduría popular que cae como anillo al dedo a esta realidad, porque desde el principio no fueron sancionados hechos menores y no menos preocupantes que conspiraron siempre contra el orden y la seguridad.
No castigar en su justo momento las malas acciones de directivos de equipos y jugadores azuzados a ser indisciplinados e irrespetuosos de árbitros y público, provocaron que se relajaran los controles, se minara la autoridad y se asumiera una tolerancia cómplice como si hubiese acuerdo de recíproca impunidad.
Ya el palo está dado, dirán en la pelota, y el mal está hecho, hay una víctima inocente y una familia ligada al baloncesto, como la de Luisa Antonia Luzón y Rafael Octavio García, miembro del personal de apoyo del torneo, que está de luto junto a todos los que aman este deporte.
Estos tropezones con una muerte de por medio tienen que provocar una sacudida en las estructuras directivas del baloncesto de Santiago y en la jerarquía federada que también tiene cuota de responsabilidad en estos sucesos por su falta de acción, tolerancia y complacencia.
Esa dirigencia local y federada no es propietaria de la actividad, porque este torneo, como ha declarado la propia Fedombal, es un patrimonio nacional, es el mejor del país y una marca-ciudad para Santiago, de manera que ningún actor puede estar por encima del evento.
El tigueraje directivo y barrial propiciado por el clientelismo deportivo sazonado con partidismo político, también en disputa junto a intereses de negocios particulares, no pueden conspirar contra la actividad.
Si alguna conclusión puede extraerse de esta pérdida irreparable es que la dirigencia del baloncesto ha demostrado reiteradamente este año que carece de voluntad y fuerza moral para manejar el mejor torneo del país.
Esas malas cabezas no pueden dirigir con éxito.

