Con razón al cumplirse en 2013 doscientos años de su nacimiento, el padre de la Patria, Juan Pablo Duarte, está en boga con menciones reiteradas de inusual frecuencia en actividades públicas y privadas. Eso está muy bien.
Todo documento oficial lo consigna porque por decreto es año del bicentenario del natalicio del patricio y el Instituto Duartiano diligenció que en actividades masivas, como juegos de béisbol, se cite la celebración.
La pelota ha servido, contra el fin anunciado, para promover el Canto a la Patria de Juan Luís Guerra como si fuese honor al fundador de la República y ni siquiera lo menciona, porque su origen fue para la delegación nacional a Juegos Olímpicos Londres 2012.
La memoria de Duarte es llevada y traída de aquí para allá y viceversa, como promoción no siempre del pensamiento y vida de quien ideó, en 1838, fundar República Dominicana planteándolo en histórico juramento.
Los buenos y verdades dominicanos, como expresara el patricio en su ideario, deberían conocer, estudiar y homenajearlo con hechos prácticos, apropiándose de virtudes y acciones de su ejemplo por la salud de la Patria, hoy precaria en valores.
El ideal duartiano es abrevadero del proyecto nacional que pensadores liberales estiman inconcluso, de concepción avanzadísima para 1844 y vigente este 2013 que mantiene pendientes planteamientos tal como el ejercicio del poder municipal, base democrática ciudadana.
La entrega de Duarte y su familia está lejos de acciones de gobiernos contemporáneos, intereses de hombres sin juicio ni corazón que distan del bien común y traducen la gestión pública en enriquecimiento ilícito, negocios particulares y dilapidación patrimonial por individuos y grupos.
La mejor forma de honrar a Duarte es llevando a la práctica, desde el Estado como gestión cotidiana y cada ciudadano en particular, su ideal aún vigente por la salud de la Patria.

