Las votaciones generales presidenciales ya pasaron. El árbitro certificó el resultado del escrutinio. Los observadores extranjeros y nativos le endosaron legitimidad. El pueblo o soberano lo acepta aunque está dividido como consigna el mapa electoral. La regla democrática indica que prima el criterio de la mayoría y que la minoría, perdidosa o derrotada, se somete a ese dictamen.
Eso puede resumir lo ocurrido en la jornada del domingo y en las 24 horas siguientes al cierre de colegios donde poco más de 4.5 millones de dominicanos concurrieron para materializar el ejercicio de la soberanía popular consagrado en el artículo 2 de la Constitución.
De ese acto emanan los poderes públicos, ejercidos por representación, lo que quiere decir que los elegidos como presidente y vicepresidente son delegados de un mandato, por eso se les llama mandatarios, pero no son dueños de esa atribución.
De la jornada electoral se extraen lecciones. El pueblo ofrece la mayor prueba de civismo y orden. Los políticos se encargan de empañar ese comportamiento ciudadano con triquiñuelas en la víspera, el día crucial y a posteriori. Unos celebran adelantados, otros lamentan sin resignación.
La desigual competencia electoral estuvo polarizada. Es mala señal en perjuicio de minorías y grupos emergentes que son aplastados por el poder avasallante de partidos mayoritarios, convertidos en maquinarias electorales, alimentados de recursos millonarios.
El libre ejercicio del voto es tamizado por la corruptela política.
La compra y venta de conciencias, prácticas clientelares, pactos o alianzas con siglas de partidos que son patentes de corso para negocios particulares, abstención forzada y uso evidente e indiscriminado de recursos de dudosa procedencia, cuando no del Erario, contaminan las elecciones.
Pero, esa es la democracia vernácula. Sus riesgos latentes son la dictadura constitucional de partido y, quizás peor, la tiranía de grupos políticos transformados en clase económica dominante para hacer negocios privados desde la función pública. Expresión del furufismo, dice el sociólogo.
Todo está cumplido, expresó Jesucristo antes de morir. La suerte está echada, apostilló Julio César al cruzar el río Rubicón.

