Los peco
El ingenio del caricaturista Harold Priego ha parido en los últimos días un nuevo personaje que alimenta su imaginación en la sátira política que divulga en más de un diario y que se ha constituido, en la práctica, en termómetro de la opinión de la gente que no tiene acceso directo a los medios masivos de comunicación. En Diario Libre, donde se publica su célebre tira Diógenes y Boquechivo, se ha incorporado un nuevo personaje, un muñeco, que acompaña al ya famoso político y funcionario Tulio Turpén, el amante de Yuleidy, quien siempre tiene formas novedosas para mantener su estatus y combatir las críticas que le hacen.
Este muñeco es un peco, siglas de periodista comprado, que, al decir del caricaturista, es un objeto fantástico que sirve para la defensa de las acciones de su dueño y que cada funcionario pudiera tener uno porque reacciona ante cualquier denuncia de corrupción, con expresiones como: Tulio es un funcionario honesto, trabajador y honrado.
La imaginación de Priego no está lejos de la realidad. En los mentideros de la comunicación es sabido que hay muchos peco, que son muñecos costosos o caros, que repiten mentirotas, mentiras, mentirillas y verdades a medias conforme a los intereses a los que se ha vendido.
Por eso existe la opinión publicada distinta de la opinión pública y hay programas en medios electrónicos cuyos productores y conductores son al mismo tiempo funcionarios del gobierno o de partidos políticos, pares o colegas de Tulio Turpén, que tratan de engañar a su audiencia con dualidad de funciones y conflictos éticos.
Los peco son quizás la versión novedosa de las bocinas que aún suenan en los medios de comunicación, sobre todo en los electrónicos, que estuvieron muy de moda en la anterior campaña electoral por la presidencia de la República y que ya eran fácilmente identificables por el público.
Estos personajes son una degeneración del ejercicio de la comunicación apegado a la ética y el servicio público, parte del enganche en un oficio sin regulaciones formales y de la degradación de profesionales que se han dedicado a la explotación comercial de una labor de compromiso social.
No es sólo que estos muñecos, los pecos de Harold, sean comprados o que estén en los escaparates de los medios como un supermercado, sino que ellos mismos se ofertan en venta al mejor postor, sin escrúpulos, en el mercado de la política y los negocios. Esa es la verdad monda y lironda.

