El anuncio e inmediata entrada en vigencia del incremento de 11 por ciento en la factura de energía eléctrica ha generado, como es lógico, un rechazo colectivo porque se trata de otro golpe a la economía popular, al presupuesto familiar y a la competitividad del sector productivo.
Por más justificaciones oficiales de la Superintendencia de Electricidad, responsable de fijar tarifas, con argumentos de dos factores externos claves, nivel de precios del petróleo y cotización del dólar en el mercado cambiario, en el negocio de la energía hay un mal de fondo arrastrado por años.
A la Corporación Dominicana de Empresas Eléctricas Estatales (CDEEE) se le ha llamado barril sin fondo por el subsidio dolarizado que aportan los contribuyentes, para aligerar déficits de año tras año, como mal cancerígeno provocado por quienes mantienen el desorden del sector.
Una especie de mafia supragubernamental, nativa y extranjera, controla el caos eléctrico para que nunca haya solución al déficit del suministro, a la dependencia externa y así mantener precios elevados, perpetuar contratos leoninos con las generadoras y no establecer fuentes alternas de producción que desplacen las actuales.
El asunto puede resumirse, para entendimiento a lo dominicano, en la frase la fiebre no está en la sábana, porque el alza de la tarifa no es la solución, el problema es más complejo y tiene que ver con la revisión, renegociación o rescisión de los contratos con las generadoras que venden el kilo/hora a los precios más altos del mundo.
No es posible que la mafia que controla el sistema haya podido imponer, mantener y defender en el tiempo que el precio de referencia para los productores sea el de la peor planta en línea, esto es, que se pague a partir de la generadora con mayor costo de operación. Premio a la ineficiencia.
Además, todos los gobiernos prometen revisar los contratos lesivos al interés nacional suscritos con generadores, pero no pasan del dicho al hecho ni tienen voluntad política para instalar plantas eficientes y prescindir de las que ancestralmente succionan las ubres de la res pública.

