La victoria de Danilo Medina como presidente de la República y mantenimiento del Partido de la Liberación (PLD) como gobernante marcan la pauta al pasar balance a 2012, año que en otros asuntos tiene dos caras: antes y después del 16 de agosto.
Los primeros ocho meses fueron derroche de recursos en afán desmedido del grupo gobernante de impedir la victoria del opositor Hipólito Mejía, puntero en encuestas, quien fue derrotado por desatinos conductuales y ventajas del uso del poder.
La campaña electoral pareció bicéfala en el sector oficial igual que en el Partido Revolucionario (PRD).
Por un lado, el presidente Leonel Fernández tenía su propio proselitismo gubernamental, su esposa fue convertida en candidata vicepresidencial y era proyectada como si fuese gran figura hasta ser desflorada políticamente con cuestionamientos de sus haberes.
Por otra parte, los siempre torpes perredeístas transitaban caminos bifurcados: el presidente del PRD arriando el toro en dirección contraria, su esposa de punta de lanza contra Mejía en redes sociales y el candidato siendo blanco de campaña negativa y víctima de su incontinencia verbal.
El 20 de mayo se impuso, entonces, el uso del poder político, fortalecido por acuerdos de negocio de bolsones de empleos futuros (casos Lotería, Inespre, Migración, etc.) matizado por compra-venta de simpatías y predominio del clientelismo de este Estado patrimonialista.
En la transición hubo vorágine por inaugurar obras contra reloj con derroche del erario que después del 16 de agosto reveló el enorme agujero fiscal, tres veces superior al caso Banínter, que sirvió para dañar la imagen de Leonel Fernández y obligarlo a responder en discurso que le dejó mal parado.
El antes y después cambian protagonistas, Fernández y Medina, y perfilan nuevo estilo en conducción del Estado, pendiente de comprobar si también habrá mejores resultados de cara al pueblo. Es el reto.

