Tomás Navarro
Pese a que el presunto ataque a Siria por parte del presidente Obama resultaba «inminente», lo cierto es que Washington y Moscú retomaron el antiguo «teléfono rojo» para que lo único inminente fuese lo diplomático y que el espíritu belicoso se tornase en «cooperación internacional». Las razones que han evitado (por ahora) que la Administración Obama se implicase militarmente contra el régimen sirio no hay que buscarlas sólo en las dificultades internas en el Congreso USA y la opinión pública norteamericana. También Washington ha sopesado con acierto el peso que tendrían Al Qaeda y sus franquicias (Al Nusra y Estado Islámico Siria-Iraq, entre otras) tras el ataque a Siria. Sin duda el análisis no ha debido de ser nada optimista cuando -pudiéndolo ordenar de motu propio- el presidente Obama decidió congelar esta aventura de incierto resultado para los intereses de su país.
Quienes de entrada han perdido la apuesta en sus particulares fobias contra el régimen sirio han sido Turquía, Arabia Saudí y Catar. Estos Estados, el primero islamista-demócrata, el segundo teocrático wahabita y el último una entelequia entre el quiero democrático y el puedo económico, pretendían eliminar físicamente no sólo al presidente Assad, a sus ministros y familiares, sino también al Estado sirio tal como está hoy configurado. Estos deseos cuajaron en la contratación excepcional de «rebeldes» y abundante material militar gracias a las inmensas aportaciones económicas que atesoran Arabia Saudí y Catar. Gracias a estos desvelos por hundir al régimen sirio «guerrilleros» islamistas provenientes de 83 países (entre ellos casi un centenar de españoles) fueron equipados, armados y financiados para infiltrarse en territorio sirio y enfrentarse a tiros y bombas contra el «tirano de Damasco».
Turquía, más ligera de fondos, puso sus fronteras y demás «complementos» para poder seguir tentando su poderío neo-otomano y reislamizador y quedar a la misma altura de sus socios wahabitas de Riad. Así conforme las imágenes televisivas de medio mundo abrían sus informativos con las imágenes de los campamentos de los inocentes refugiados sirios en territorio turco, no se ha visualizado ninguna cadena árabe o berebere donde se informase de lo distintos contingentes «rebeldes» que a la par se iban colando en Siria y que con la última novedad editorial del Corán según Al Qaeda, iban entrando en combate y también implantando a su paso esta versión libre y en blanco del sagrado Libro del Islam. Los primeros en ser asesinados en territorios donde esta plaga de Al Nusra entraba a saco eran los cristianos y los alauitas, dos minorías religiosas que en su conjunto alcanzan el 30 % de la población total del país. El mensaje al resto de creyentes de estas confesiones religiosas era claro: todos vais a morir.
Ya mediado el conflicto sirio, el propio arzobispo de Damasco en la televisión oficial llamaba a la juventud cristiana de Siria a enrolarse dentro del ejército gubernamental. Y al emitirse por Internet cómo Al Nusra degollaba a un desgraciado fraile franciscano apresado (encima sirio) para dar ejemplo de cómo hay que «descontaminar» un país, se comprendía el insólito llamamiento del líder espiritual de los cristianos sirios.
