Ese es el grito de la mayoría de los dominicanos cuando nos sentimos estafados o impotentes ante cualquier acción empresarial, comercial, gubernamental o de particulares. Al comprar hay que ser cuidadoso al extremo, porque los dueños de establecimientos colocan un letrero en el estacionamiento exonerándose de robo o daños a los vehículos.
Pero al seleccionar y pagar la mercancía, el cuidado debe ser súper, porque después de pagar no devolvemos el dinero, no importa que el error haya sido de ellos. De denuncias de este tipo las redacciones de los medios están llenas.
Hay decenas de casos de clientes que adquieren mercancías y productos que después de pagarlos comprueban que no es lo que querían, o que las condiciones no son las que presentaban las ofertas, pero al retornar a la caja se encuentran con que deben cambiar la selección, porque no se devuelve dinero.
No sabría cómo llamar a esto, pero la historia se repite diariamente en tantos escenarios que motivó este artículo con el interés de llamar la atención.
Pero, ¿qué hacer cuando en un semáforo esperamos el cambio de luz y alguien nos presiona desde atrás para que avancemos aunque esté en rojo, o peor aún, cuando en un carril de seguir derecho se coloca un conductor que va a doblar a la izquierda o derecha? ¡Cuánta impotencia!
Y en la Dirección de Impuestos Internos, nunca se le ocurra hacer una declaración de ingresos, porque desde ese momento se convierte en un esclavo de su voracidad fiscal.
Para los técnicos de ese organismo, usted no consume gasolina, paga colegio, alimentos, recreación, servicios y bienes. Lo quieren todo.
Y cuidado con el ITBIS, porque a veces usted compra una mercancía, pagando este impuesto al suplidor, pero cuando la vende debe pagar otra vez el mismo impuesto a la DGII, salvo el caso en que usted haga el papel de gendarme y se pase semanas buscando certificaciones del suplidor original. O sea, haciéndoles el trabajo a ellos.
Y pensar que no tenemos un Chapulín a quien recurrir.
