Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

La palabra juridicidad remite a la necesidad de que las relaciones sociales, políticas y económicas se realicen con apego al orden jurídico que rige la sociedad. Ese es un concepto que se corresponde con el respeto a la institucionalidad. Además, garantiza la seguridad jurídica. Las naciones desarrolladas del mundo cuidan su juridicidad con el mismo celo con que las personas protegen la niña de sus ojos.

 Pero en las sociedades atrasadas, dependientes y deformadas como la nuestra, la juridicidad es un mito. Sólo tiene valor retórico. Se habla del respeto a las reglas del Derecho para manipular a los ilusos. Saben que la mayoría consciente reclama el cumplimiento de las normas. Por tanto, dicen lo que consideran que los otros desean oír, no lo que piensan y hacen. Por eso hay que aprender a leer bien las prácticas y confrontarlas con los discursos.

 Esa costumbre de practicar la doble moral es la regla en nuestro país. Se debe a que todavía no tenemos una clase gobernante. Sólo contamos con una débil alianza entre los sectores dominantes. Quienes dominan en la sociedad son egoístas, corruptos y rapaces. Solamente piensan en sus espurios intereses. Su mezquindad no les permite pensar en la suerte de los dominados. Los desprecian. Consideran que son carne con ojos. No los ven como personas, esto es, como sujetos de derechos y obligaciones. 

 Por el contrario, la clase gobernante, como sucede en las naciones auténticamente organizadas, respeta las prerrogativas de los gobernados. Sin dejar de proteger sus intereses, procuran que las mayorías reciban lo necesario para vivir con cierta dignidad y decoro.

 El atraso económico genera que a nuestros sectores dominantes les falten los cuatro tipos de conciencia: política, social, nacional y de sujeto. A sus miembros no les interesa practicar la auténtica función de la política: manejar el poder para beneficio de toda la sociedad. Tampoco sienten preocupación por las injusticias y la legión de pobres. Lo nacional es para ellos su empresa, negocio u oportunidad. Nada más. Y en su deshumanización no soportan la individualidad ajena. Y menos que los otros sean dueños de su destino. Henri Meschonnic y Diógenes Céspedes tienen razón.

 Ciertamente, así es. No somos nación. Y sin nación no puede aparecer una real juridicidad. El sistema se fundamenta en la mentira, el engaño y la enajenación de las personas. Los seres humanos son instrumentos o cosas que facilitan la desmedida acumulación de riquezas por parte de los sectores dominantes.

 Para nuestros sectores dominantes, la Constitución es un pedazo de papel, como dijera el gran jurista alemán Ferdinand Lassalle. Joaquín Balaguer repitió la frase como si fuera suya. Muchos se la atribuyeron por ignorancia. Nuestros factores reales de poder son una vergüenza. Dan pena. Violan las normas jurídicas con descaro. Se justifican con una oportunista prudencia. Vivimos en la antijuridicidad. Necesitamos cambios profundos.

El Nacional

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