La noticia nos llegó, como un inevitable golpe de lava: falleció el doctor Domingo Porfirio Rojas Nina. La información fue muy dolorosa.
Todos los que tratamos de cerca al doctor Rojas Nina aprendimos a quererlo y a respetarlo como se hace con los grandes hombres, porque llevaba un deseo de servir a los demás y un espíritu de abnegación que maravillaba con sus palabras y sus obras.
Se puede asegurar que pocos en nuestro país han aprendido como el doctor Rojas Nina que el que no vive para servir, no sirve para vivir.
El doctor Rojas Nina fue un gran amigo, jurista y luchador incansable a favor de los derechos fundamentales, constitucionales y ciudadanos. Por esa vocación de combate para que las personas vivan con dignidad y decoro, fue un sobresaliente presidente de la Comisión Dominicana de los Derechos Humanos.
Don Porfirio fue un intelectual que se caracterizó por su formación clásica. Gozaba con la investigación que realizaba constantemente, y con rigor de filósofo, sobre la historia de la cultura helénica. Le apasionaban los pensadores griegos. En la conversación se paseaba con soltura contando anécdotas de los presocráticos y posocráticos.
Para él Sócrates era la cumbre del saber y la coherencia entre el decir y el hacer, que da forma al hombre completo. La Roma imperial le merecía asombro por la grandeza que alcanzó con el emperador Julio César y la bajeza en que calló con Calígula y Nerón. Solía decir que en Grecia y en Roma todo era sublime o todo era abyecto.
Nada le gustaba más que recordar sus eternos pensamientos, sintetizados en frases cortas y directas. Decía: Conócete a ti mismo, Nadie se baña dos veces en un mismo río y ¿Hasta tú Bruto?, como quien revive experiencias en aquellas tierras lejanas.
La solidaridad era permanente en don Porfirio.
Nadie que necesitara su concurso quedaba sin recibir el sostén de su mano firme y generosa, de hombre humanista y consciente de las injusticias sociales en que vivimos.
Don Porfirio amó a su Patria con fervor entrañable. Amó a sus prohombres, como Juan Pablo Duarte y Diez, y los emuló en su vida pública y privada. Pero así como amó los valores, la ética y la moral bien entendida, también censuró y aborreció la corrupción administrativa, la impunidad y los abusos del Poder.
Creyó en la necesidad de vivir en una sociedad democrática, que se distinga por su fortaleza institucional, el respeto de la Constitución y el derecho de todos. Sabía que las personas solo pueden vivir en orden si se rigen por un gobierno de leyes, en sentido amplio, y no por un gobierno de hombres con sed de poder y riquezas.
Don Porfirio predicó el mandato de que los seres humanos debían volcarse al bien común, y fue coherente en la práctica con su prédica.
Ya no tendremos a don Porfirio físicamente con nosotros, pero sabemos que nadie muere mientras alguien en el mundo respete su memoria.
Aquí estamos, respetando la memoria del doctor Domingo Porfirio Rojas Nina.

