Por Rafael Ciprián
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La democracia es, debe ser y será participativa o no es democracia. Y la participación de la nación tiene que ser consciente, activa y llena de responsabilidad institucional. Solo así se puede crear la sociedad que soñó el patricio Juan Pablo Duarte y que anhela nuestro pueblo. Necesitamos dirigentes sinceros y veraces, para crear conciencia nacional y bienestar colectivo.
Hay que lograr que los ciudadanos generen la ciudadanía, ese cuerpo etéreo que se materializa en la búsqueda del bien común, dentro del más estricto apego a los valores y principios de la legalidad. Y lograrlo por medio de objetivos colectivos y esfuerzos conjuntos. Todo con organización y métodos inteligentemente concebidos; prácticos para su comprensión, firmes en los propósitos y flexibles en su ejecución.
Se impone que los ciudadanos se empoderen, como les gusta a muchos decir en la actualidad, de sus derechos y obligaciones, que ejerzan a plenitud los primeros y cumplan con rigor las segundas.
Es necesario que nuestros ciudadanos comprendan que el poder más grande que poseen en la vida democrática es el voto en las elecciones, sin importar el nivel de que se trate. Por tanto, deberán ejercerlo con orgullo y dignidad, con sabiduría y decoro. De esa manera podrán erradicar la manipulación del mero marketing político y la enajenación de su poder de decisión; para desterrar la mala práctica de “votar por los menos malos, porque los buenos no tienen posibilidad de ganar”. Se piensa que no se debe botar el voto.
La más elevada expresión de la fiesta de la democracia son las elecciones. Ellas permiten a los ciudadanos determinar quiénes de sus iguales ejercerán el alto honor y la seria responsabilidad de servirles desde posiciones de autoridad oficial. Se comprenderá que a las posiciones públicas se va a servir a la comunidad, y no a servirse de ellas.
Y la Junta Central Electoral (JCE) es el puntal esencial para crear esa ciudadanía consciente y activa, y esa sociedad que debemos construir, basada en el sometimiento al ordenamiento jurídico y al sistema de consecuencias, en un Estado Social y Democrático de Derecho, como manda el artículo 7 del Pacto Político.
El artículo 211 de la Constitución dice: “Las elecciones serán organizadas, dirigidas y supervisadas por la Junta Central Electoral y las juntas electorales bajo su dependencia, las cuales tienen la responsabilidad de garantizar la libertad, transparencia, equidad y objetividad de las elecciones.”
Si la JCE cumple su sagrada misión, irradiará positivamente la vida social, las actuaciones de los funcionarios y de los demás órganos y entes del Estado. Sería imitada directa e indirectamente. Entonces, todo cambiaría para bien. Así sea. Nuestra suerte está en manos del Senado.

