Es verdad que el valor de las exportaciones dominicanas hacia Haití (US$975.3 millones, en 2012) ha servido en algo de contrapeso al sostenido déficit del saldo comercial con Estados Unidos (US$3,191.6, en 2011), pero hay que admitir que el haitiano es aún un mercado marcado por el riesgo, la inobservancia de reglas y la unilateralidad, lo que obliga al Gobierno y sector productivo a diversificar destinos, especialmente hacia Puerto Rico, Cuba e islas de las Antillas Menores, así como al mercado étnico del este estadounidense.
Se insiste hasta el cansancio en la necesidad de que se conforme una real oferta exportable nacional, basada esencialmente en bienes no tradicionales agrícola, pecuario, agroindustrial, industrial y artesanal, cuya previa conformación debería estar sustentada en estudios de mercado que levante el Centro de Inversión y Exportación (CEI-RD).
Solo así, el Gobierno podría dirigir políticas de incentivos y recursos para promover, por ejemplo, exportaciones de frutos, vegetales, granos, víveres, productos lácteos, carnes, especies, instrumentos de labranza, envases plásticos, alimentos enlatados, hacia mercados previamente estudiados y definidos en términos de demanda, requisitos fitosanitarios, transporte y aranceles.
