La venta de ropa usada es un negocio de mucho impacto social económico, que prolifera en todas partes. Para amplios sectores la ropa de segunda es una gran alternativa para extender el presupuesto, aparte de que miles de familias dependen de un negocio contra el cual no ha prosperado su satanización. Con el impacto que tienen las pacas es censurable que el Gobierno las haya prohibido sin medir todas sus consecuencias. Que grandes tiendas y sectores del comercio cuestionen el negocio de las pacas es hasta lógico. Ven el negocio como una competencia que limita sus ganancias. Si había algún problema legal, sanitario o de alguna otra índole lo que procedía era resolverlo, pero de ninguna manera adoptar una medida tan drástica, que perjudica, sobre todo, a los sectores de más bajos ingresos. A la Dirección General de Aduanas se le ha ido la mano con una prohibición que no era lo que mandaban las circunstancias. Son muchas las familias que adquirían en los puestos zapatos, tenis y otras prendas de segunda, pero de calidad, tanto para uso escolar como para otras actividades. Por el malestar que ha causado las autoridades deben revisar una decisión que no se corresponde con las circunstancias.
Círculo vicioso
Repudiar y clamar por un incremento de la pena parece que es la única respuesta que se ha encontrado frente alarmante epidemia de feminicidios. Pero nadie se ha detenido a pensar en las reales razones por las cuales se ha incrementado, pese a toda la alharaca de un problema meramente pasional, sino de tipo social. E ignoran quienes únicamente piensan en el castigo, mientras más fuerte más eficaz, que son muchos los feminicidios que están acompañados de suicidios o intentos. Es obvio, pues, que su propia vida importa un comino a esos hombres que atentan contra sus parejas o exparejas. Lo que más bien necesitan las víctimas es una seguridad que no acaban de encontrar en ninguna de las muchas instancias que tienen que ver con su seguridad, incluyendo la social y económica. El asunto de los feminicidios o violencia de género no es cuestión de blablablá ni de marchas de repudio. Hay que auscultar un sentimiento social que, por lo visto, es soslayado en los casos.

