Página Dos

RADAR

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Una de las muchas estatuas instaladas en el Barrio Chino en homenaje a Buda, uno de los grandes líderes religiosos que ha conocido la humanidad, fue víctima de la ola de delincuencia que tiene en ascuas a la nación. Por  su valor como metal para comercializarla como hierro viejo, un joven de 20 años se las arregló para desprender y cargar con la emblemática pieza. No pudo completar su propósito, porque fue capturado tras ser herido por la Policía, pero demostró, aunque no sea nuevo, que leyes ni símbolos son óbices para fechorías. De las iglesias se han llevado todo. Si desaprensivos pueden sustraer piezas como el arcabuz que estaba resguardado en una vitrina del Faro, arrancar y cargar con una estatua de de la Duarte con Benito González es lo de menos. El caso quizás no sea el robo de piezas de valor histórico o religioso, sino que nada está seguro frente a la delincuencia. No se ha hecho el inventario de rigor, pero de seguro que son muchas las obras que han desaparecido a causa de una ratería que hace ola.  Para llevarse una estatua de bronce del Barrio Chino había que tener no sólo grandes habilidades, sino mucha disposición. La realidad ha probado una vez más que nada que tenga valor material, siquiera mínimo, está seguro.

Attali duerme

Mientras el costoso estudio del experto  francés Jacques Attali descansa en el Congreso, el Gobierno acaba de suscribir un acuerdo con el Banco Mundial para transparentar las finanzas públicas y mejorar la calidad del gasto público. Aún sea mera cooperación, el convenio fuera innecesario de aprobarse el estudio, contratado por el Gobierno, que recomienda fortalecer el sistema institucional y reorientar el gasto público. De hecho, el representante del Banco Mundial, Roby Sendererowitsch, ha planteado en múltiples ocasiones diferentes mecanismos para hacer más eficiente el ejercicio público. Las múltiples recomendaciones y estudios para mejorar la calidad del gasto que no han sido aplicados reducen el pacto, suscrito en Washington y  del que han dado cuenta los ministros de Hacienda y de Economía, en una suerte de campana sin badajo. O, cuando no, en un figureo. Más que pactos para transparentar el gasto, lo que ha falta es voluntad.

El Nacional

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