Tarde o temprano, Estados Unidos tendrá que abocarse a revisar la Segunda Enmienda en la Constitución Política, del 15 de diciembre de 1791, que proclama el derecho de los ciudadanos a portar armas de fuego sin mayores restricciones. En los últimos diez años individuos que portan armas de grueso calibre han perpetrado numerosas matanzas en escuelas básicas, universidades, centros laborales o en plena vía pública, sin que las autoridades se aboquen a promover una revisión de ese fatídico estatuto. El viernes, un empleado descontento la emprendió a balazos contra un compañero frente al emblemático rascacielos Empire State, lo que originó una balacera con saldo de dos muertos y de al menos nueve heridos. Las armas usadas por el individuo que masacró a una concurrencia dentro de un cine, fueron adquiridas por Internet y se sabe que en cualquier hogar estadounidense hoy se guarda un arsenal siempre disponible para cualquiera que desee perpetrar una matanza.
¿Cómo es eso?
¿Cómo es eso de que una turba de haitianos linchó a un compatriota en Montecristi, que hasta donde se tiene conocimiento pertenece al territorio dominicano? El incidente se produjo en la comunidad Nueva Judea, donde fue atacado a cuchilladas y garrotazos el haitiano Felipe Lían (Potea), que según vecinos fungía de guía a compatriotas que ingresaban ilegalmente y procuraban llegar a Santiago. Potea murió a consecuencia de amputación de ambas manos y fractura del cráneo con salida de la masa encefálica. Un acto brutal, salvaje, cometido por individuos que deben ser apresados y sometidos a la Justicia. Ese suceso demuestra también el alto grado de permisibilidad en controles de migración en la frontera norte, al punto que extranjeros se creen con derecho a perpetrar una acción tan horrorosa, en pleno suelo dominicano.

