Es inconcebible que en una época de apertura y facilidades, un embajador dominicano convierta en requisitos diplomáticos obstáculos que afectan la producción y el comercio. Las trabas, como muy bien las definió la Asociación de Navieros de República Dominicana (ANRD), representan un retroceso insólito. Y la verdad es que hasta alturas, cuando el propio Gobierno cita la apertura como uno de los soportes para la inversión, las condiciones puestas por la embajadora en Taiwán para los embarques a República Dominicana son contraproducentes. La embajadora Rafaela Alburquerque comunicó que para el transporte de mercancías con destino a este país es necesario presentar, entre otros documentos, certificado de origen, conocimiento de embarque o guía aérea, certificado fitosanitario y declaración de componentes químicos como abonos y detergentes. La insólita decisión ya ha tenido sus efectos negativos con el retraso de embarcaciones cargadas de mercancías procedentes de la nación asiática. El presidente de la ANRD, Teddy Heinsen, apeló al presidente Leonel Fernández y al canciller Carlos Morales Troncoso para que revoquen una medida que, además de desafasada, atenta contra la producción y el comercio.
No hay respeto
Si había alguna duda, el uso de símbolos patrios hasta en calipsos confirma lo que siempre se ha dicho: no hay respeto. La Ley 360, de 1943, prohíbe que la Bandera Nacional sea utilizada ni total ni parcialmente en propaganda política, cultural, deportiva ni comercial, así tampoco como distintivo característico de cualquier entidad privada. Sobran los ejemplos de que la ley es la letra muerta, pero el más palpable es el de las chancletas con los símbolos patrios que se comercializan como cualquier mercancía. A la profanación de los símbolos se agrega la falta de civismo que tanto a irrita a sectores a quienes se trata de descalificar con la etiqueta de románticos. Como parte de una progresiva pérdida de valores la gente hace caso omiso al izamiento de la Bandera o a la entonación del Himno Nacional. Y frente a tal descomposición, de la que es causa la ignorancia, no extraña que a alguien se le ocurriera estampar los símbolos patrios a una mercancía. Pero confirma que no hay respeto.
