El brote de cólera que ha aflorado en San Cristóbal evidencia la insalubridad, la pobreza y las paupérrimas condiciones en que viven cientos de miles de familias. No se puede tapar el Sol con un dedo con el propósito de negar o maquillar un drama que cuestiona las estadísticas oficiales, así como los programas sociales, sustentados en dádivas, como alternativas contra la pobreza. Sin hablar del derroche de recursos ni la construcción de obras faraónicas.
En los sectores afectados por la enfermedad, la gente toma agua contaminada y tienen que realizar sus necesidades fisiológicas prácticamente a la intemperie. Por ahora la prioridad es enfrentar la enfermedad que ha cobrado unas 153 víctimas, pero sin obviar las condiciones sociales y sanitarias que la han provocado.
El brote de cólera es para que las autoridades tomen notas y, de ser necesario, se aboquen a un rediseño de los infuncionales, pero costosos programas para combatir la pobreza. En las zonas de San Cristóbal donde se han detectado el mal las familias sufren con frecuencia crisis en el suministro de agua potable, las materias fecales se propagan por doquier desde que llueve y la subsistencia constituye una verdadera proeza. Al margen de otras consideraciones, el drama representa un desafío social y sanitario.
