Página Dos

RADAR

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De infelices deberían calificarse las declaraciones del secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza, de que  los haitianos carecen de capacidad para dirigir el proceso de reconstrucción del Haití devastado por  el terremoto del 12 de enero de 2010. Es claro que OEA, Naciones Unidas ni ninguna otra agencia  debería aspirar  en Haití  a una capacidad de gestión similar a la de Noruega o Finlandia, pero tampoco  decretar una sutil forma de injerencismo imperial basado en  el supuesto de que  en Puerto Príncipe hay demasiados actores y poca coordinación. Bajo esa premisa, el Senado de Estados Unidos retiene  más de mil millones de dólares asignados para el programa de reconstrucción de Haití, y las propias Naciones Unidas no han desembolsado los fondos destinados a combatir la epidemia de cólera. No se niega base a la preocupación de la comunidad internacional por la falta de coordinación de autoridades haitianas en la ejecución de programas y planes, pero resulta exagerado pretender excluir por completo al Gobierno y a la sociedad de todo tipo de acción o manejo de recursos destinados a la reconstrucción de esa devastada nación.

Paños tibios

Es obvio que  al señalar que no cree en paños tibios al momento de enfrentar a la delincuencia, el cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez se refiere a la imperiosa necesidad de que  el crimen reciba debido castigo en los tribunales de la República. La sociedad comparte la preocupación del purpurado  por el auge de la violencia delincuencial, en especial del sicariato, aun cuando las estadísticas refieren  que la criminalidad se ha reducido. Tiene razón el Cardenal al exigir que se afronte  a la delincuencia de manera responsable, seria y coercitiva, ya que ese mal no admite debilidades. El propio presidente Leonel Fernández ha expresado preocupación por el auge  de los asesinatos por encargo y ha reclamado leyes que incrementen la condena  por la comisión de ese tipo de infracción. Puede decirse  que las expresiones del Cardenal, de que no haya paños tibios en el combate a la delincuencia, interpretan cabalmente a  una ciudadanía cada vez más temerosa por el auge de la violencia  derivada del narcotráfico y sicariato.

El Nacional

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