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El director ejecutivo de la Barrick Gold no ha demorado en refutar el informe de la Academia de Ciencias y de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) sobre la intoxicación de cientos de empleados de la empresa minera. Las entidades atribuyeron el problema a una sustancia química que sería utilizada por la firma en sus operaciones y no a ningún alimento, como afirmó el Ministerio de Salud Pública. La contradicción representa otro ingrediente en la confrontación sobre la contratación de la multinacional para explorar los yacimientos auríferos de Pueblo Viejo, Cotuí. Como el director ejecutivo de la empresa, Fernando Sánchez, ha acusado a la Academia de Ciencias y a la UASD de no haber realizado un estudio exhaustivo, sino que partieron de presunciones, lo más indicado para superar el impasse será someter las pruebas a un análisis internacional. De esa forma se determinará si la intoxicación se debió a algún tipo de bacteria en los alimentos o a la inhalación de alguna sustancia química. La verdad es que de alguna forma la opinión pública se ha polarizado a favor o en contra de las operaciones de la minera, y lo ha hecho sin ni  siquiera conocer todos los detalles al respecto.

¿Ignorar realidad?

Si no en lo cínico raya por lo menos en la insensibilidad el llamado a la población hecho por el director del Instituto Sismológico de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) de no alarmarse frente a los frecuentes temblores de tierra. Y lo peor es la torpeza que manifiesta Eugenio Polanco al señalar que la difusión de los frecuentes movimientos telúricos perjudican al país, tanto en lo que respecta a la salud mental como al desarrollo de las actividades turísticas. Si en Haití se hubiera prestado atención a las recomendaciones de los expertos los daños causados por el sismo del 12 de enero hubieran sido menos traumáticos. La difusión de esos temblores que Polanco objeta no es con el propósito de alarmar a la población, sino para que se tomen las prevenciones sobre realidades que no se pueden ocultar. Si existiera algún blindaje antisísmico, que es por lo que se debe abogar, de seguro  que la gente no se asustaría tanto frente a cualquier remeneoncito de 5 ó 6 grados de intensidad.

El Nacional

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