Cuando las víctimas de la tragedia de Invivienda todavía no habían sido sepultadas, la sociedad fue estremecida por el arrebato de locura de un hombre que intentó convertir en antorcha a su mujer y tres hijos en el sector Los Guandules.
Un vecino impidió que la mujer y los niños murieran incendiados, pero no que a causa de las llamas ardiera con todos sus ajuares la casa donde estaba la familia que escapó milagrosamente de la muerte.
Desgarradores gritos de la señora, identificada como Ivelisse Adames y de los tres niños, hicieron que un vecino desafiara las llamas para rescatarlos. Como en el caso de Invivienda, donde un hombre mató a tiros a su expareja y otros familiares de ella, también en la frustrada matanza de Los Guandules la mujer se había querellado por acoso y amenaza contra su pareja. Si Diómedes Ubrí Solís no pudo terminar con la vida de su mujer y sus hijos fue por puro milagro.
Pero en ambos casos el sistema de protección a la mujer ha vuelto a fallar. Y no basta con los habituales me culpa contra la violencia familiar. Urge que el sistema funcione para tragedias tan dolorosas como las de Invivienda y Los Guandules. Sin olvidar que los monstruos han salido de las entrañas de este sistema social.

