La agresión de que se ha dado nueva cuenta contra transportistas dominicanos en Haití evidencia que el conflicto con los camioneros no ha sido superado, como se había anunciado. A menos que sean escoltados por agentes de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilidad de Haití (Minustah) los camioneros dominicanos no tienen la menor seguridad para cumplir su labor en la vecina República. Próximo a Juana Méndez y después de cumplir con la entrega de mercancías en Cabo Haitiano, turbas atacaron a pedradas el lunes en la noche a los camioneros, rompiendo los cristales de dos patanas. En prevención de agresiones, agentes de la Minustah habían escoltado a los transportistas, lo que es una clara señal del recelo de los haitianos con comerciantes dominicanos. El incidente indica que las autoridades dominicanas tendrán que emplearse más a fondo para evitar nuevos enfrentamientos y normalizar el intercambio comercial. No ha de olvidarse que ya un camionero había sido secuestrado y despojado de las mercancías que transportaba. Las autoridades tienen que movilizarse para evitar que la inseguridad que rodea la operación de los camioneros se convierta en una pesadilla para el comercio entre ambos países.
Remuerde conciencia
Hasta los propios homicidas de un agricultor y sus dos hijas de 9 y 11 años consideraron benigna la sentencia de 30 años de prisión a que fueron condenados por el triple crimen. Pero el arrepentimiento de los exrasos del Ejército Emiliano Valdez Ubrí y Nilson Díaz Medina no devuelve la vida a las víctimas de su orgía diabólica. La muerte del agricultor Rafael Polanco Tolentino y de sus hijas Luz María y Lucía Polanco, ocurrida en septiembre de 2010 en Elías Piña, es uno de los crímenes más espantosos de los muchos que se han cometido en el país de un tiempo a esta parte. No quedaba más que condenar a la pena máxima a los imputados. Pero el suceso es otra de señales perturbadoras que convocan a auscultar el latido de la sociedad. Hay que estar muy perturbado para acabar con la vida de tres miembros de una familia, incluyendo dos niñas inocentes, sólo con el propósito de cargar con unos cuantos pesos. Esos monstruos son engendrados por la sociedad.

