El Super Bowl está lejos del Mundial de Fútbol o de la atención que acaparan las Olimpíadas. Pero se trata del acontecimiento deportivo más importante de Estados Unidos, que es mucho decir.
Con audiencia de 150 millones de personas y la expectativa que crea una final, casi siempre de película, se supone que en materia de previsión no queda un pelo en el aire.
En un evento de esa naturaleza y una nación como Estados Unidos ha generado muchas conjeturas el apagón que interrumpió durante 34 minutos el partido no sólo más esperado, sino con la publicidad más costosa de la historia.
Nadie lo podía decir. Por estos predios el apagón es como para consolarse con aquéllo de que dondequiera se cuecen habas. Con razón la insólita interrupción del servicio eléctrico en el estadio bajo techo de Nueva Orleans fue la nota discordante del partido final de la Liga Nacional de Fútbol Americano cleberado entre Los Ravens de Baltimore y San Francisco.
A pesar de la soberbia actuación de la cantante Beyoncé y de la emotiva interpretación de un coro formado por 26 niños de la escuela primaria de Newtown que en diciembre fue víctima de matanza que conmovió al mundo, de lo que más se ha hablado es del apagón.

