Estaba más que previsto que los maestros rechazarían el 20% de aumento salarial ofertado por el Ministerio de Educación.
No propiamente por escándalos como el barrilito y los privilegios de los congresistas, o las pensiones y sueldos de lujo de tránsfugas y burócratas, sino porque sus ingresos no se corresponden con sus funciones ni alcanzan para satisfacer sus necesidades más perentorias.
Sin embargo, la suspensión de la docencia para reclamar un digno reajuste salarial genera mucha tensión.
La huelga debería ser el último recurso, sobre todo cuando para nadie es un secreto que, por las múltiples lagunas de que está plagada la enseñanza pública no debe interrumpirse.
Aunque a diferencia de otros tiempos, los maestros han tenido que echar el pulso con las autoridades a puro pecho, deben buscar la forma de ganarse el respaldo de sectores importantes a través del diálogo. Sin que, por supuesto, las autoridades se hagan sordas. La unidad que ha prevalecido y la unanimidad con que rechazaron la propuesta de Educación son signos que han de tomarse en cuenta para buscar una salida que beneficie al sistema educativo. La sensatez manda que cada quien ponga de su parte. No cerrazón.

