Lo único que impide que el presidente Danilo Medina se comunique con su pueblo es una incapacidad para la expresión oral, pero todos sabemos que no es mudo. Se dice que su silencio, no se refiere a ningún problema de la vida nacional (¡Por grande que sea!) responde a los consejos de Joao Santana, su ex asesor con oficina en Palacio Nacional, que hoy se halla recluido en una cárcel brasileña.
Joao aconsejó al presidente Medina a no hablar con un pueblo bruto, como el nuestro, cuya gran mayoría no sabe escribir su propio idioma, dato confirmado por las bellezas gramaticales que se observan en las redes sociales. Y Danilo Medina sigue al pie de la letra la receta del experto en estrategia comunicacional.
Es la razón por la que el presidente Medina no se refiere a la corrupción rampante que afecta a las instituciones estatales, al narcotráfico, a la criminalidad, al deterioro de los servicios públicos (como salud, energía eléctrica, agua potable, etc.), al déficit habitacional, a la inflación, al desempleo ni al aumento de las tasas de cambio y de interés bancaria.
Por nada del mundo el jefe de Estado habla tampoco del preocupante crecimiento de la deuda externa, que se toma dinero prestado inclusive, año tras año, para completar el presupuesto de la nación.
Se aprovecha de la ignorancia de un pueblo que desconoce la peligrosidad que significa para el futuro económico que la deuda externa represente ya más del 50% del Producto Interno Bruto.
El presidente Medina tiene sus bocinas. Y las bocinas dicen que la deuda es manejable y nuestra economía es sana. Sana para ellos, que tienen los bolsillos repletos de cuartos, pero no para muchos que observan impotentes el festival de préstamos y que conocen la experiencia de otros países cuya deuda externa ha resultado ser impagable y han caído en la quiebra total.
Sin embargo, la gente del gobierno dirá, cargado de mala fe, que esa es una bomba que explotará en el futuro, que no hay motivo para preocuparse y que aún hay espacio para continuar la fiesta. Y seguirá el silencio. Pero si Danilo Medina va a hablar como lo hace los 27 de febrero, dibujando un país totalmente diferente, con sus problemas resueltos, es mejor que continúe callado.

