El reloj marcaba la 1:45 de la tarde, suena el teléfono, la voz llorosa de Leandro Sepúlveda me daba la mala noticia: Murió Mingo, ahora mismo, aquí en la clínica Las Mercedes.
El silencio puso fin a la llamada y el llanto hizo acto de presencia como muestra del dolor y la pena que causa la desaparición física de un amigo de infancia Kike, mi primo, se refería al ex baloncestista Domingo Liriano Aquino.
Mingay, como también era conocido el ex atleta de Alto Rendimiento, libraba desde hace un tiempo una dura batalla de sobrevivencia hasta que en las primeras horas de la tarde del domingo, su corazón enfermo se rindió y se detuvo, para poner fin a una vida joven, útil y ejemplar se marchó a los 45 años.
Rápidamente el recuerdo se apodera de mis pensamientos, su nacimiento, desarrollo y consagración como jugador de baloncesto en el club Mauricio Báez, que se extendió cuando vistió las franelas de otros clubes como Los Prados, Arroyo Hondo, Calero y San Lázaro, su participación en torneos inter-calles y ligas añejas, sus participaciones en el equipo de balonmanos de la Marina de Guerra en los Juegos Militares, hasta su participación en el aniversario pasado del Mauricio que montado a caballo se robó la atención del barrio con una exhibición equina.
No perdí tiempo y salí raudo al encuentro con la triste realidad, me trasladé a la clínica Las Mercedes y allí una escena desgarradora me dio la bienvenida: su hermana Aracelis y otros familiares y amigos lloraban desesperados incrédulos del diagnostico que le acababan de notificar.
La desgarradora escena se agudizó con la llegada por separados de los padres de Mingay, Doña Pilla y Toño, quienes no creían el desenlace, un lloro inconsolable de lamento por la pérdida de un hijo que dedicó la mayor parte de su existencia a la práctica deportiva y que con su forma de ser se convirtió en el eje que motorizaba la armonía familiar.
Estuve inquieto, lloroso sin entender todo aquello hasta que junto a Patricia, su compañera, varios amigos y su padre Toño tuve el valor de enfrentarme junto a ellos a la triste y dura realidad, entramos a la morgue y allí yacía inerte, como si durmiera un sueño profundo el cuerpo sin vida de Domingo Liriano Aquino el pensamiento de engaño y esquivo de la verdad se esfumó, se había marchado el amigo, el hermano, el vecino, el orgulloso hijo de Villa Juana.
No solo se llevó consigo las asistencias, los tiros de tres, sino que se va con Domingo la solidaridad, la mano amiga, el colaborador desinteresado y el hijo bueno, obediente y cumplidor de la Patria Potestad.
Hoy, cuando el reloj marque las 4:00 P.M. su cuerpo descenderá al sepulcro en el cementerio de su vecindario, el de la avenida Máximo Gómez, y su alma se elevará hasta la eternidad balón en manos, para seguir jugando baloncesto en nuestro recuerdo.

