Es probable que muera mañana, y usted, que me lee, también. No nos agrada esa certeza, ni nos preparamos para esa realidad. Aquí se la presento en un poema, una reflexión de la red y fragmentos de una canción de Serrat, que me sirven para este intento de testamento público con el que empiezo a despedirme.
Un amigo, Bernardo Cedeño, a propósito de su cumpleaños, se escribió estos versos:
“Mañana es un paso en la infinidad de mi camino, cumpliré años, tomaré una copa de vino, y por todos vosotros, brindaré por los años vivido.
Recuerdo que soy veinteañero, es la edad que ahora tengo, los anteriores 70 los he gastado con alegrías, sufrimientos y algunas veces hasta delirios.
Por el mañana, ¡qué siga siendo divino…”
También accedí a esta reflexión, anónima, muy popular en la red, la acotejé a mi particular criterio, y estado de ánimo: «Dentro de 50 años, en 2076, no existiré y la mayoría de vosotros tampoco. Nuestros pasos se habrán borrado de la tierra, y por igual, se habrán apagado nuestras voces.
Otras personas vivirán en nuestras casas, usarán nuestras cosas, y ni siquiera imaginarán que un día reímos, lloramos o soñamos entre esas paredes.
Seremos, quizás, un nombre perdido en la memoria de quienes nos amaron y odiaron. Y si uno comprende eso, la vida se nos revela con una claridad inmensa: qué es inútil vivir con enojo, compitiendo, envidiando… como si fuéramos eternos. Qué es absurdo correr tras lo perfecto mientras el tiempo, silencioso e implacable, sigue su camino.
La vida —tan breve, tan frágil, tan sagrada— no fue hecha para sufrir, sino para sentirla y amarla; agradeciendo cada amanecer, cada abrazo, cada alimento, cada respiro, valorando a familiares y amigos… quienes hoy caminan con nosotros, sabiendo que no siempre estarán, así como no siempre estuvimos con quienes una vez amamos.
Cada persona que cruza nuestro camino trae una enseñanza, un cariño, una herida o una luz.
Y aun cuando el destino los aleja, queda lo esencial: la gratitud por el momento compartido. Vivamos, entonces, con el corazón ligero y las manos abiertas.
Hagamos el bien mientras podamos, amemos sin miedo, perdonemos sin rencor, y celebremos la vida sin esperar un “mañana perfecto”.
Porque nuestra estadía aquí es apenas un suspiro…
y ese suspiro merece ser vivido con amor, con paz, y con un agradecimiento profundo por quienes hoy, todavía, están a nuestro lado”.
Serrat hizo una canción, hace 56 años, que dice, en esta selección de esos versos, más o menos lo mismo: “Si la muerte pisa mi huerto ¿Quién firmará que he muerto de muerte natural? … ¿Quién será ese buen amigo que morirá conmigo, aunque sea un tanto así?… ¿Cuál de todos mis amores ha de comprar las flores para mi funeral? ¿Quién pondrá fin a mi diario, al caer, la última hoja en mi calendario? …”.
Ahora que un orate se ha mandado a hacer una estatua de cuatro metros de oro, para perpetuarse en la historia, y con él toda su larga cadena de maldades e insensateces, cierro con algo de Mujica, que sí está presente en el recuerdo y el cariño de todos.
“José «Pepe» Mujica sostuvo que hay que ir «liviano de equipaje» en lugar de pobre, priorizando la sobriedad y la libertad sobre el consumo material.
Su concepto implica vivir con lo justo para evitar que las posesiones materiales consuman el tiempo de vida y la libertad personal, permitiendo encontrar la felicidad en la sencillez.
Sostiene que se gasta tiempo de vida para comprar cosas, por lo que acumular bienes superfluos es, a largo plazo, vender libertad. La felicidad radica en el interior de cada persona y en disfrutar de las cosas pequeñas y cotidianas, no en el consumo material”.
El autor es médico.

