No es verdad que se puede gozar de los beneficios que genera la democracia, como forma de gobierno, si se adolece de una política general de reformas públicas que vaya directamente a favorecer, por igual, a los diversos segmentos que componen la sociedad.
Lo que significa, pues, que la palabra clave y sana para toda democracia, ya sea ésta frágil o compacta, desarrollada o subdesarrollada, es, sencillamente, reforma.
No puede existir una democracia plena, viva, en crecimiento, si las autoridades no realizan reformas para hacer crecer y desarrollar la base que sostiene a una sociedad en vía de modernidad.
Un sistema de gobierno que no aplique los correctivos imprescindibles para el avance imperativo de las reformas, está llamado a convertirse en una entelequia cuyas posibilidades de triunfo no son alcanzables a la vista en la distancia.
Un gobierno bueno es aquel que desde muy temprano enciende las calderas para echar a correr, de manera directa y siempre dentro de la legalidad, el vehículo de las reformas, sin importar las andanadas de críticas negativas provenientes de los litorales políticos que le adversan.
En nuestro país, alguien tenía que comenzar con las súper necesarias reformas del Estado.
Esto es así, porque, un Estado débil y repleto de montones de retrancas, jamás podría ni siquiera pensar en luchar y vencer en estos tiempos de globalización.
A la modernidad sólo se llega reformando, quitando del medio los obstáculos que impiden el aceleramiento del desarrollo socioeconómico.
No existe país alguno que pueda avanzar, en medio de esta aldea global, sin una correcta política de reformas.
Es por esta razón que se hace necesario continuar profundizando en todas las áreas.

