En los días finales del año 1960 el dictador Rafael L. Trujillo emprendió una serie de actividades que incluyó visitas a las diferentes diócesis con el propósito avieso de mostrar su benevolencia con la alta jerarquía católica.
Dentro de la programación hubo una reunión en Palacio, donde El Jefe se presentó como un fiel católico, hijo de la iglesia, y se puso a la total disposición de los religiosos. Casi nadie habló en ese encuentro.
Semanas después el dictador invitó de nuevo a los obispos y a todo el clero del país a una espléndida cena en Palacio, y casi toda la comida quedó sin probar, porque los asistentes temían un envenenamiento colectivo, conforme narra monseñor Juan F. Pepén, obispo de la diócesis de La Altagracia, en su libro Un Garabato de Dios.
Trujillo y su gente trabajaban de manera permanente diligenciando la visita a las diócesis y otros templos católicos a nivel nacional. Los primeros encuentros fue con los obispos de Santiago, monseñor Hugo Polanco Brito, y Tomás F. Reilly, de San Juan de la Maguana. Previamente sus colaboradores habían gestionado reunirlo con monseñor Panal, en La Vega, y Pepén, pero los esfuerzos resultaron infructuosos.
Como la basílica de Higüey estaba en proceso de construcción, fue táctica de Trujillo aprovechar esta situación para sacar beneficio político y mantener confundida a la población, respecto a una supuesta reconciliación con el clero. A tal efecto, el dictador envió a Higüey a uno de sus colaboradores más cercanos, Rafael Paíno Pichardo, a quien se le comunicó que la visita sería en l4 de enero de 1961, dentro de las festividades del Día de La Altagracia. Horas después Paíno informó a Pepén que por expreso requerimiento de Trujillo el padre Benito no podrá estar presente en los actos del Jefe.
Trujillo temía la presencia del sacerdote Taveras, que era canciller de la diócesis y mayordomo del santuario, porque un hermano de éste, que era miembro del IJ4, había sido asesinado en la cárcel por esbirros de la tiranía.
En la madrugada del día de la visita los políticos clamaban y vociferaban proclamando la alegría que la esperada presencia de Trujillo producía y los beneficios que la misma llevaría al pueblo de Higüey, que en realidad fueron muchos.
En el oficio religioso, consistente en el canto de la Salve en honor a la Virgen María, Monseñor Pepén dirigió un saludo al visitante en forma personal, diciéndole en síntesis: Si Su Excelencia ha querido venir a Higüey como cristiano, es justo que como cristiano lo recibamos. Concluido el acto, Trujillo declaró dentro del templo: Creo que Higüey debe tener una Universidad Católica. Higüey, pues, tendrá una Universidad Católica.
Los aplausos resonaron en el viejo templo y más adelante el visitante y su comitiva se dirigió a la basílica en construcción para inspeccionar los trabajos. El Jefe recibió explicaciones del muralista español José Vela Zanetti, quien también sufrió persecución por órdenes del tirano.
Cierto tiempo después se materializó la visita de Trujillo a la catedral de La Vega, en la que monseñor Panal le señaló los atropellos que se cometían contra la Iglesia y le instó a corregirlos empezando por pedir perdón a Dios.
Al día siguiente las turbas dirigidas por el régimen profanaron el templo y el pueblo, fiel en su lucha, tuvo valor de enfrentarlas.

