El individuo es objeto y sujeto de las relaciones publicas en el momento que se despoja de su individualidad. La conducta, motivaciones personales y sentimientos están limitados a la sicología.
La condición personal se revela en los contactos habituales o casuales de todo ser humano con su prójimo. Sobre todo en grupos primarios, impuestos o adquiridos (amigos, vecinos y lugares de trabajo). Las relaciones humanas definen efectivamente los roles, status, prestigio y estimas procurados este plano social.
El parentesco, la organización política, los códigos legales y los ritos religiosos son las variables antropológicas que dan cierta homogeneidad a los públicos que, en una sociedad, conformados y segregados de acuerdo a las necesidades, temores y aspiraciones de los individuos.
Asumidas tales inquietudes como acciones colectivas, es puesta en marcha las relaciones públicas como instrumento, si no aglutinador, persuasivo, echando a un lado el uso de la fuerza.
Se trata mismo individuo en diferentes estadios. De ahí que toda estrategia de relaciones públicas se auxilie de la sicología, la sociología, la antropología y las relaciones humanas para hacerse efectiva. No es posible concebir una sociedad sin personas, ni una persona sin sociedad.
A un conjunto de personas estrechamente relacionadas entre por intereses, sentimientos y afinidades se le da la calificación de público. La definición facilita y organiza el proceso en que estén enmarcadas.
Referido a los intereses políticos, religiosos o comerciales, cada público representa un blanco objetivo. De ahí que sea necesario escudriñar y registrar las valoraciones, compromisos y tendencias de cada público antes de colocar en el mercado determinados productos.
[Una próxima entrega nos permite desarrollar el proceso para ganar o reforzar la voluntad de estos públicos].
