Mi primer viaje a Chile estuvo dominado por Neruda. Visité sus tres casas: La Chascona, la de Isla Negra y la de Valparaíso, que fue la que más me gustó por su vista al puerto. Allí descubrí al poeta que andaba buscando, porque así como se dice “dime con quién andas y te diré quien eres”, las casas reflejan el íntimo universo de una persona.
En este viaje tuve la suerte de andar con un gran conocedor de Vicente Huidobro: Miguel De Mena, quien cambio mi imagen del poeta que abrió la poesía hacia la figuración visual del caligrama, la imaginación científica y a los poemas pintados, y era además un radical tanto en su vida como en sus ideas.
Miguelin nos llevó a Cartagena, un encantador pueblecito chileno en las orillas del Pacifico, y allí visitamos la tumba del poeta, adusta, blanca, en la cima de una montaña desde donde siempre vería el mar, exactamente lo contrario de lo que se esperaría de un poeta que nació en la aristocracia y que adopto la frase de D’Annunzio: O renovarse o morir.
En su casa de playa, hoy museo, encontré sus escritos sobre arte, y su ensayo sobre Rubén Darío, el cual me conmovió:
“Aquel que lleva en la mente un ideal, que combate solo por ese ideal, que se ve atacado, insultado, y sigue; que ve que nadie le comprende, y sigue; que siente palpitar en su cerebro la magna idea que la gente desprecia, y sigue; que ve cerradas para si todas las puertas, contemplando como el vulgo quiere matarle sus ensueños, y sigue solo contra todos.
Hércules cargado de poesía. Atlante con un mundo de ideales en sus hombros; nadie le reconoce, nadie le acepta, y sigue…y triunfa, y hace valer su ideal, revolucionando el arte. Este si no es genio, inventad otro vocablo más elevado para calificarle”. “Ellos… han derribado a las venerables momias que ejercían la dictadura literaria”.
Y, cuando leí su definición de la estética, caí a sus pies: “La estética es solo para la mediocridad, para los que necesitan ayuda: el lazarillo del ciego. Para los de larga vista, la estética no existe o si existen no fijas reglas, ni exige moldes de ninguna especie. Se resume en tres palabras: crear cosas bellas”.
Enfrentado a lo que definía como “mulataje intelectual”, Huidobro combatía los lugares comunes y las ligaduras intermedias (el “como”, una cosa es decir soy un rio y otra soy como un rio): ¿Para qué hacen versos esos señores que nos cantan lo que ya todos sabemos?
! Por fin una brisa!
¡No más ataques de asma! Acepto ahora mi “dolorosa obsesión de incertidumbre”.

