En la primera entrega, el autor afirma que un dirigente reafirma su liderazgo asumiendo con serenidad y equidad los resabios entre grupos e individuos.
En fin de cuentas, compiten por una sola meta. El hecho de que unos y otros, ganadores y vencidos, hayan compartido el mismo terreno los hace inseparables por ley natural. Los ilumina el propio sol que más tarde se oculta para dar paso a una oscuridad que, inexorablemente, los abate.
Similares aplausos y abucheos cambian de jugadores en la medida en que cada actor o jugador logre conectarse con un público atento a los acierto y a los errores. Apasionado y caprichoso, ya no guiado por ideales y paradigmas como hasta hace veinte años. Más comprometido ahora con sus necesidades y urgencias, por tanto fácilmente manejable.
Similares aplausos y abucheos cambian de jugadores en la medida en que cada actor o jugador logre conectarse con un público atento a los acierto y a los errores. Apasionado y caprichoso, ya no guiado por ideales y paradigmas como hasta hace veinte años. Más comprometido ahora con sus necesidades y urgencias, por tanto fácilmente manejable.
En tales circunstancias se impone un liderazgo lúcido, humano y sensible.
Un liderazgo que podría definirse como una mezcla imprescindible para gobernar con justicia y transparencia, sólo posible en las mentes inteligentes y en las almas sinceras.
Cuando apenas se impone la sagacidad, la arrogancia y el dinero para manipular a la gente, surge de repente y de manera explosiva, el rechazo y el desprecio. Los pueblos, en tanto emotivos cual niños ingenuos y indefensos, pueden amar tan fácil como odiar tan profundamente. Sobre todo, cuando se sienten engañados. Actúan siempre con más vehemencia en el repudio que en el apoyo.
