El 6 de febrero del 2002, José Saramago pronunció una conferencia que concluyó con este fúnebre lamento: Ahora mismo, en este instante en que les hablo, lejos o aquí al lado a la puerta de nuestra casa, alguien está matando la Justicia. No hace mucho tiempo que The Wall Street Journal calificó nuestro sistema judicial como ineficiente, y más recientemente la CID-Gallup reveló que la percepción que se tiene de muchos jueces es que son deshonestos.
Muchos de nosotros, directa o indirectamente, hemos sido víctimas de desvíos judiciales. El propio autor de este artículo, que a lo largo de su vida ha tenido por límite lo que es contrario a la ley y a su conciencia, fue víctima hace años de un avieso atropello político-judicial que no tuvo ninguna consecuencia por las múltiples transgresiones al debido proceso que puntearon el juicio preliminar, cuya absurda resolución fue admitida en apelación por violar las garantías de imparcialidad e inmediación procesal, y los principios de amplitud y valoración razonable de la prueba.
Ante la imposibilidad de renovar el maridaje venal con los jueces de la alzada, que decidieron instruir la acusación, el querellante desistió de su jugarreta y reparó los daños morales que me ocasionó. Por supuesto, ni en aquel ni en muchos otros casos se persigue descuartizar a nadie en los tribunales, sino en la opinión pública, colocándole al justiciable un sambenito.
Nada de eso fuese posible si el sistema judicial no fuese permeable, debilidad que tuvo oportunidad de comprobar el citado rotativo norteamericano. De ahí que el Consejo del Poder Judicial merezca todo nuestro respaldo; su celosa vigilancia reduce cada vez más la corrupción en el ejercicio de la función jurisdiccional, porque hasta los fallos notoriamente infundados están prendiendo la alarma. No se equivocó el presidente de la SCJ al asegurar que no es posible construir eficiencia en ausencia de controles efectivos. Y es que cuando un juez en falta es sancionado, sobre todo cuando se comprueba que ha vendido miserablemente su conciencia, se envía un mensaje alentador que abona a la cultura de la legalidad y al Estado de Derecho.
