El sorpresivo retorno de Jean Claude Duvalier constituye un nuevo elemento de perturbación política en Haití, cuya sociedad no alcanza a descifrar los planes que albergan grandes metrópolis al permitir o patrocinar el regreso a Puerto Príncipe del ex dictador, tras 25 años de exilio.
Se ha dicho que Baby Doc regresó amparado en pasaporte diplomático ofrecido por el presidente René Préval y que a su arribo se le dispensó tratamiento de jefe de Estado, tanto por el Gobierno como por la Misión de Estabilización de Naciones Unidas en Haití (Minustah).
Resulta extraño que ningún representante del Gobierno haitiano ni de la comunidad internacional adelantara detalles sobre el retorno de Duvalier, quien gobernó con mano de hierro desde la muerte de su padre Francois Duvalier en 1971, hasta 1986, cuando fue derrocado y exiliado en Francia.
Ante tan sospechoso hermetismo en torno al inesperado regreso de Baby Doc, se han abierto las compuertas a la especulación en torno a cuál sería el papel del ex dictador frente a la crisis política que agobia al vecino país.
Bajo el principio de que quien puede lo más puede lo menos, hay que convenir que el ex dictador pudo retornar a requerimiento o consentimiento de Estados Unidos, cuyo gobierno prohijó el derrocamiento del gobierno constitucional de Jean Bertrand Aristide y lo confinó en Suráfrica. Es obvio que Jean Claude no pondría un pie en Haití sin permiso de Washington.
Es menester recordar que más de dos mil médicos cubanos están al frente de los servicios hospitalarios en Haití y que el presidente Préval proclamó a Cuba como el país que mayor asistencia ha prestado al pueblo haitiano tras el terremoto del 12 de enero de 2010.
Con defectos y virtudes, a Préval se le define como un mandatario de centro izquierda con mayor cercanía con La Habana y Caracas, desde donde llega mayor flujo de cooperación que la que recibe desde Washington, París y Ottawa.
No hay que ser un adivino para predecir cuál será el papel de Baby Doc en un escenario de convulsión política, social y economía, donde los titiriteros urgen reinsertar viejas marionetas que resultaron siempre más leales a sus imperiales intereses.

